Desde la vorágine criminal del siglo XX, Walter Benjamin escribe: “La tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción que vivimos es la regla”.

En medio de la deriva vertiginosa en la que se mece este siglo, nos adentramos en el último año de una legislatura que ha aportado un poco de luz y dignidad a un mundo que, siniestro, alterna la anestesia nebulosa de la hiperinformación con el horror del genocidio, las guerras, las hambrunas… De un mundo donde ya no se perciben estructurales materiales ni de pensamiento, estructuras legales o éticas que, quizá, durante unas décadas, nos han permitido levantar alguna barrera más o menos efectiva contra el desmán, el autoritarismo y la iniquidad del desorden mundial.