Recuerdo muy bien Burela, en la costa de Lugo, porque allí nos llevaba mi padre cada verano, a cenar en A Lonxa, un prodigioso restaurante ubicado en medio del inmenso puerto. Te ponían en la mesa lo que acababan de sacar del mar. Nunca olvidaré la asombrosa velocidad con que mamá devoraba aquellos percebes. El de Burela, para mí, es un recuerdo muy hermoso. Y con un fuerte olor a pescado.Pues allí, en Burela, se acaba de producir una traición inaudita, si hacemos caso a cierta prensa. Una notable cantidad de aficionados al fútbol aplaudió y vitoreó a la selección de Cabo Verde, que hace un par de días logró empatar a cero con el equipo nacional de España. Mucha gente eufórica, vestida de azul, apoyaba a los chicos del archipiélago africano.La cosa tiene su lógica. En Burela hay una gran población de nacidos en Cabo Verde; allí hacen el durísimo trabajo de la pesca y la conserva del pescado, que muchos españoles no quieren hacer; al menos, no por lo que cobran los inmigrados. Pero lo que pasó durante y después del partido no fue una "revuelta de negros" (eso es lo que acabo de leer), ni una reivindicación de nada, ni una ofensa a la Patria que les acoge, ni cosa por el estilo. En realidad, el partido lo vieron todos juntos, españoles y caboverdianos, con el mismo entusiasmo y el mismo buen humor, apoyando cada cual a los suyos. Al final, como no ganó nadie, se felicitaron o se consolaron unos a otros, y se fueron para casa. Se conocen todos. Son compañeros de trabajo. En muchos casos, son amigos. Lo que pasó en Burela es cualquier cosa menos raro.Pero si miran las redes sociales (algo muy poco recomendable) comprobarán que ya hay patanes, australopitecos de los de brazo en alto, que se han tomado "lo de Burela" como una provocación, un insulto, un ultraje a la bandera. Y ya hay quien propone organizar allí una “razzia”, una cacería de negros como la que se urdió en Torre Pacheco, pronto hará un año. Quiere esto decir que esa gentuza de la extrema derecha aprovecha cualquier cosa, cualquiera sin ninguna excepción –el fútbol no es más que una de ellas–, para alentar su particular persecución racista contra los inmigrantes, legales o no, sin darse cuenta de que son indispensables para que este país funcione. Ese es exactamente el caso de Burela.Hace unos días vi un 'anuncio' en internet que decía más o menos esto: "Empresario de Jaén ofrece trabajo a 200 españoles dignos para recoger la aceituna. 400 euros al mes, diez horas diarias. Busco patriotas como yo, no quiero contratar inmigrantes". Naturalmente, el anuncio era una broma sarcástica. Pero cambien ustedes las aceitunas por la merluza o el bonito y la broma, si se aplica a sitios como Burela, deja de parecerlo.Quizá si dejásemos de considerar al fútbol como los antiguos romanos consideraban a las carreras de carros: casi como una religión, estas peligrosas estupideces dejarían de suceder. Pero eso es imposible. Así que ánimo, bureleses. Todos, los gallegos y los llegados para trabajar.