Paula (la profesora) está centrada en su alumna de 10 años. Al lado, otra niña (de ocho), le lee un cuento al niño de cuatro que completa la clase. Todos y todas aprendiendo a la vez. En este colegio, la apacibilidad vence al ruido y la diferencia de edad no es motivo de bullying, sino de compañerismo. No hay gritos ensordecedores en el recreo ni problemas porque los futbolistas tomen el patio. Bajo estos techos se educa, se enseña y se aprende que esas sillas, pupitres y estanterías son más que mobiliario: son, en muchos casos, los estertores de un pueblo que se resiste a morir. El bar, el centro médico, el colegio... Síntomas de que el corazón de estos municipios —condenados a las crueles consecuencias del tan cacareado como denostado problema de la despoblación— todavía late, a pesar de los efectos demográficos multiplicados en comunidades como Castilla y León, que tiene cinco provincias (Soria, Zamora, Palencia, Ávila y Segovia) entre las 10 con menor densidad de población de España, según el Atlas Digital de las Áreas Urbanas de España. EL PAÍS ha hablado con tres maestras de escuelas que, mano alzada, reivindican su existencia e imploran un futuro para esas aulas y el pueblo que las rodea. Son un trío de mujeres en las que el componente vocacional inherente a la docencia adquiere su máxima expresión. Con verdadera pasión por su oficio, detallan cómo es dar clase a tres o cuatro alumnos y alumnas. Loren Vaquero lleva 16 años en el aula de Torrefrades del Colegio Rural Agrupado (CRA) Tierra de Sayago (Zamora). Ha llegado a tener 11 escuchantes, pero ahora solo tiene cuatro (entre ellos, dos de sus nietos) y con circunstancias especiales que, lejos de dificultar su trabajo, lo hacen más interesante y enriquecedor: un niño de ocho años con dislexia, una niña de 10 con parálisis espástica y otros dos niños de 12.Con pena divisa el futuro, ya que el colegio no funcionará el próximo curso: “Los de sexto de Primaria ya se van y cierra. Me da muchísima pena”. Tiene 57 años y pasará a la educación para adultos: “Es un cambio tremendo”. Y con alegría mira el presente y relata su día a día: “Tienes que hacer una planificación general, pero sabiendo que para unos será más fácil y otros encontrarán dificultades”. Este curso, agrega, “el que más miradas precisa es el niño de ocho años, así que me siento en medio con él y le presto más atención al leer. Siempre hago apartes con los que más lo necesitan, son casi como clases particulares”. Esa suerte de atención personalizada es una de las características que destaca Paula Alonso, profesora en Flores de Ávila, que corresponde al CRA Santa Teresa, donde enseña a un niño de cuatro años y dos niñas (de ocho y de 10). “Ellos saben que no puedo estar todo el rato con los tres a la vez, así que voy rotando, aunque también hago cada día actividades conjuntas”, explica. Es su primer año allí y lo considera un “reto y un desafío en el que aprender: en este colegio no puedes plantear las mismas actividades que en otro. Hay que adaptarlo todo”. “Yo programo las clases de manera milimétrica a diario, tengo que saber lo que voy a hacer con cada uno y cuánto tiempo le voy a dedicar”, resalta Alonso, que coincide con su homóloga en que muchas veces son como clases particulares: “Cuando haces talleres o actividades manipulativas, aquí es mucho más fácil que en un aula con 25 alumnos, porque puedes ayudarles uno a uno”. Como se ha visto, lo excepcional de la situación demanda, si cabe, de una mayor coordinación. De eso —y de docencia— sabe Eva María Fernández, directora del CRA El Redondal (León), desde hace más de 20 años. A su cargo tiene seis escuelas y dos de ellas —la de Calamocos y Congosto— son unitarias, es decir, con solo un aula y niños y niñas de diferentes edades. Para ella, es un tipo de enseñanza muy “gratificante, cercana y que genera una vinculación muy estrecha entre el profesorado y las familias: creo que la educación en la escuela rural tiene muchas más ventajas que desventajas”. Agradece a la Junta de Castilla y León que mantenga aulas abiertas con tres alumnos y destaca el “gran trabajo” que hace el equipo directivo para coordinarlo todo: “Sabemos que hay unas competencias básicas que deben adquirir, pero, en el día a día, has de adaptar esos conocimientos a los diferentes niveles. A veces, la profesora se organiza para que uno tenga tarea de otro día o repase, mientras se centra en el que más atención necesite en ese momento”. La directora también erradica la visión anticuada de los colegios en los pueblos: “Tenemos paneles interactivos, ordenadores, portátiles... Siempre están presentes las nuevas metodologías y proyectos educativos innovadores y el profesorado está continuamente formándose e innovando. Este curso, por ejemplo, hacemos robótica”. En sus palabras, “la escuela rural es un lujo silencioso, que tiene los mismos recursos humanos, materiales y económicos que cualquier otro colegio”. “Si alguno está enfermo, vamos a verle a casa”Paula Alonso dibuja una escena habitual en su clase, que es paradigmática de cómo funciona un aula unitaria: “Los niños son el propio recurso. Se ayudan entre ellos: una de las mayores le lee un cuento al pequeño (uno práctica y otro escucha y aprende), y, en paralelo, yo puedo trabajar de manera individual con la otra niña”. La convivencia, agrega, “debe estar por encima de cualquier contenido curricular”. “En la escuela rural, el bullying y el acoso no existen, al contrario, los mayores son también pequeños maestros”, comenta Eva María Fernández. Al haber varios niveles, continúa, “los más pequeños aprenden de las explicaciones que reciben los mayores, pero, a la vez, éstos no se estancan, porque repasan cuando la exposición se destina a los menores”. “Se puede dar la circunstancia de que un niño con cuatro años empiece a leer y no te hayas dado cuenta”, subraya con un tono que demuestra su amor por esta enseñanza. Los vínculos que se generan son especiales: “Son compañeros de clase por la mañana y amigos por la tarde”, indica Paula Alonso. El inconveniente es que, en muchas ocasiones, no tienen más amigos: “El tema de las habilidades sociales, del desarrollo social, está bastante limitado, no hay opciones para establecer nuevas amistades. Por eso, siempre que podemos nos juntamos con niños de otras aulas del mismo CRA. Ya solo ir en el autobús, imagina lo que les supone”, reconoce. Paula Alonso también admite esa “pega”. La “única”, advierte: “Estaría bien que hubiera más niños en el recreo, porque no comparten con otros de su edad”. Loren Vaquero hace hincapié en la familiaridad: “Siempre están unidos, pendientes de la niña que va con muletas. Hay un compañerismo continúo, es como si fueran familia, incluso, si alguno está enfermo, vamos a verle a casa”. Una diferencia sideral con cualquier colegio en la ciudad es lo que les rodea, que se convierte en un activo coadyuvante en la enseñanza: “Todos los años vamos a por setas, hay un niño que su familia tiene ovejas y las esquilamos. Aquí no hay patio, salimos a la calle”, pormenoriza Vaquero.Da más ejemplos Eva María Fernández: “Aprovechamos el entorno y a las personas del pueblo. Tenemos el día del árbol, que organizamos con los ingenieros del Ayuntamiento. Y vamos a hacer un huerto ecológico, para cuyo cuidado hemos implicado a las familias, porque también hay que atenderlo en verano”. Incide Paula Alonso: “El aprendizaje está basado en el entorno, aprovechamos el comercio, los campos de cultivo, sentimos que todo el pueblo es una ampliación del aula. Y, en cuanto nos ven salir del colegio, la gente se nos arrima, nos pregunta si necesitamos algo, es un ambiente muy familiar”. En la escuela rural, concluye, “dejas de ser profesora para ser un miembro más de la familia”. Todas las virtudes de estos colegios conviven cada año con una espada de Damocles: la despoblación y el inminente riesgo de desaparición. En Torrefrades, Loren Vaquero ya lo tiene asumido, aunque no sin lamentos: “Me da la sensación de que, cuando no hay niños, los pueblos se mueren. Ahora salen al recreo, se oyen gritos, cuando no estén solo habrá gente mayor”.