Mientras aprende español en un aula de la Escuela de Adultos Miguel Hernández de Utebo, Ouafae piensa en el futuro. En las conversaciones que algún día mantendrá con sus clientes, en los encargos que espera recibir y en el pequeño negocio de repostería que sueña poner en marcha. Esta joven marroquí hace tartas, “buenas y preciosas tartas”, aseguran quien las han probado. Pero para convertir esa habilidad en un proyecto de vida Ouafae necesita algo más que recetas: necesita dominar el idioma.

Mientras ella estudia español en una de las aulas de la Escuela de Adultos, tras una puerta decorada con flores y mariposas de papel de colores, a pocos metros, está su hijo jugando, pintando o entretenido con otros niños. Es el Aula Canguro del centro. Este chiquitín de ojos vivos y pelo rizado lleva acudiendo allí desde que tenía apenas ocho meses. Ouafae asegura a través de la persona que la ayuda a comunicarse en castellano que: “Si no existiera este servicio, yo no podría venir a clase”.

La frase parece sencilla, pero encierra una realidad que conocen bien muchas familias. Estudiar cuando se tienen hijos pequeños no siempre depende de las ganas o de la motivación. A menudo depende de algo mucho más básico: tener con quién dejarlos.