En algunos cursos durante mi primera adolescencia compartía clase con cuarenta y tantos alumnos. Éramos tal cantidad que los profesores lo primero que hacían al entrar en el aula era abrir las ventanas. Nosotros habíamos perdido ya irremediablemente el olfato, pero a cambio disfrutábamos del anonimato que te concedía formar parte de una clase tan amplia. Había compañeros que lograron durante varios cursos que ningún profesor se supiera sus nombres, gracias a lo cual nunca eran llamados para nada. Otro logramos ser tan invisibles escondidos en los soportales durante las clases de gimnasia que ni tan siquiera tuvimos que comprar un chándal. Supongo que los pedagogos de entonces consideraban que un grupo de cuarenta y tantos chavales era gobernable, aunque es posible que varios de nuestros profesores de entonces no estuvieran del todo de acuerdo. Esta cifra me ha vuelto a llamar la atención porque, la semana pasada, la presidenta de Baleares pidió ser eximida en el reparto de 49 menores inmigrantes que le habían sido asignados para ser sacados finalmente del hacinamiento en las islas Canarias. La idea de que una comunidad no puede hacerse cargo de cuarenta y tantos menores es un poco desasosegante. Más que nada porque cerrarles la puerta a la acogida los condena a unas condiciones indecentes que ya llevan soportando meses.
Cuarenta y tantos
La idea de que una comunidad autónoma no puede hacerse cargo de medio centenar de menores es un poco desasosegante






