Del Palacio Real y las Cortes españolas a las playas canarias de Arguineguín donde arriban los cayucos de migrantes africanos pasando por la Sagrada Familia de Barcelona, el Papa León XIV, ha dedicado una semana a proclamar y repetir a las muy católicas derechas españolas que la prioridad nacional contra los inmigrantes sobre la que articulan sus mayorías parlamentarias no cabe en la religión católica. No es cristiana. También ha dicho en discursos, sermones y multitudinarias vigilias que la crispación, la descalificación sistemática del oponente, la bronca, no dignifican la actividad política, no mejoran la convivencia ni favorecen la dignidad de las personas, sino todo lo contrario.A los diputados y senadores les dolían las manos de tanto aplaudir la llamada del jefe de la Iglesia a respetar la dignidad de todas las personas, comenzando por los más débiles, los más necesitados, los más vulnerables, entre los que se hallan los inmigrantes. Todo el universo político -de Bildu a Vox, de Junts al PP- aplaudió las palabras de Francis Prevost y todos dijeron darse por enterados. Siete minutos de ovación, de aplausos aprobatorios.Tan relevante como todo eso fue, sin embargo, que, a la mañana siguiente, los primeros espadas de las derechas españolas se lanzaron con entusiasmo en el Congreso no a corregir las prácticas que el Pontífice había denunciado y les había pedido encarecidamente que abandonaran, sino a reiterarlas con renovada saña. A plena conciencia. Por lo visto, ni por asomo se les había ocurrido abandonar el disfraz de política racista contra los inmigrantes, esa que han etiquetado como “prioridad nacional”, ni renunciar a aplicarlo como criterio general para las políticas sociales de los nuevos gobiernos autónomos que acaban de formar en Extremadura, Aragón, y Castilla y León y el que están negociando para Andalucía. Una de las lecciones generales que se extraen del viaje de León XIV a España es que los partidos que más dicen identificarse y defender la tradición católica, hasta el extremo de considerarla uno de los componentes constitutivos de su concepción de España, son capaces de instalarse en el más transparente cinismo. Decir que sí al mismo tiempo que hacer que no. Simular que se acepta lo que se rechaza. Alardear de asumir lo que en realidad se pisotea. Hacer ver que se comparte lo que se aborrece.Tan contradictorio comportamiento debería ser tenido por escandaloso, suscitar general repudio; debería haber provocado inmediata protesta y rechazo, tanto más cuanto la reincidencia de PP y Vox en las políticas denunciadas por el Papa se produjo cuando éste era todavía huésped oficial del país y continuaba su predicación en templos y estadios. Una de las explicaciones a la naturalidad con la que la sociedad acepta este impúdico comportamiento es que lejos de ser una rareza, la doble moral está instalada desde tiempo inmemorial en la práctica social de este país. Es la que les permite a unos simular que se escandalizan cuando los otros son pillados en falta, que es la misma falta por la que ellos acaban de ser condenados. No es un mal exclusivo de lo que algunos califican con desdén como la política madrileña. Que los herederos de CiU la descalifiquen como intrínsecamente corrupta es un ejemplo práctico de una genuina doble moral. Si bien se mira, esta es una de las razones por la que es un acierto que la basílica de la Sagrada Familia que Cataluña regala al mundo fuera concebida como un templo expiatorio de nuestros pecados.