Un emigrante que dejó su tierra para vivir durante años en Perú o España y ahora reside en un tercer país diferente al suyo, llegó a Madrid como líder religioso de la Iglesia Católica cuya doctrina está en nuestros orígenes culturales e históricos. Robert Prevost desarrolló un programa y un discurso, durante esta semana en España, de profundo contenido político y social con el foco inequívoco puesto en la inmigración. Es evidente que escogió sus mensajes con una clara intención de intervenir en los debates de la actualidad más candente sin importarle que pudieran incomodar a su parroquia de la derecha más extrema.

El Papa evitó la autocrítica por los pecados de la Iglesia Católica y, simplemente, la dejó aparcada al borde del camino o la sobrevoló con generalidades. Como no podía ser de otra manera, cumplió con el trámite de censurar posiciones morales ya sabidas en contra de los derechos al aborto y la eutanasia, y entró como caballo en cacharrería con lo que de verdad quería dejarnos en herencia: su testimonio de confrontación abierta con la ola de ultraderecha que recorre el mundo y un alegato a favor de la obligada compasión con los emigrantes, una defensa a ultranza de la paz y un reproche de la polarización en el diálogo político.