El cierre del estrecho de Ormuz desde el mes de marzo ha recortado millones de barriles de petróleo ofertados al día, obligando a un gasto acelerado de las reservas para aliviar parte de la escasez de oferta en el corto plazo y a una caída de parte de la demanda. Esta situación, que ya tiene una duración superior a la prevista inicialmente, podría haber disparado los precios del crudo, pero no ha sucedido ni siquiera en los momentos de máxima tensión entre EEUU e Irán. El máximo alcanzado fueron 115 dólares por barril a principios de mayo. Según Luís Pinheiro, economista de CaixaBank Research, los mercados “valoran que las negociaciones entre ambas partes se mantengan abiertas”, lo cual, junto con el uso de las reservas y la reducción de la demanda, evita que se disparen los precios. Alejandro Reyes, economista de BBVA Research, coincide y añade que la magnitud de la disrupción, con el coste económico que puede llegar a implicar, funciona como incentivo para una resolución temprana, algo que tienen en cuenta los mercados para no entrar en pánico, aunque todavía no den por solucionado el conflicto. El precio refleja señales mixtas. En el corto plazo, la prórroga del alto el fuego otros 60 días este viernes ha vuelto a rebajar el Brent y el WTI por debajo de los 90 dólares el barril, pero, en el medio plazo, los futuros apuntan a un crudo caro durante un año. “Incluso en un escenario de resolución del conflicto en las próximas semanas y de una recuperación de la producción global en los próximos meses, es factible que los precios se mantengan por encima de los 80 dólares en 2027”, apunta Pinheiro. En parte se debe al tiempo que tardará en recuperarse la producción por los daños a las infraestructuras energéticas, pero también a que el reabastecimiento de las reservas cuando el acuerdo de paz sea realidad llevará a “una demanda adicional” de la que había antes del conflicto, que puede durar años. Reyes advierte de que el mercado se mantendrá tensionado durante más tiempo, y añade la posibilidad de que la incertidumbre sobre “la robustez del acuerdo al que se llegue” repercutiría en los precios de los seguros de transporte de crudo. Por tanto, el mercado apuesta por un petróleo estable en los actuales precios elevados aunque la guerra prosiga a lo largo del tercer trimestre, lo cual es posible gracias a las propias expectativas sobre la paz, al uso de las reservas y a la reducción de la demanda, según los economistas consultados. También influye, con menor importancia, un aumento de producción por parte de EEUU y de la OPEP y la capacidad de algunos territorios para recurrir con mayor facilidad a otras fuentes de energía sustitutivas del petróleo y el gas. El papel de las reservas Pinheiro divide en tres tipos las reservas: las flotantes, las comerciales y las estratégicas. Las primeras son las almacenadas en buques (“petróleo en el agua”) y no son muy abundantes. Las segundas, las comerciales, son las mayoritarias y su caída ha sido acelerada desde el inicio del conflicto, aunque todavía se mantienen dentro de los parámetros históricos. Según la EIA (agencia energética de EEUU), las reservas comerciales de la OCDE cerraron el mes de mayo en 2.626 millones de barriles, un 6,5% menos que en febrero, antes del inicio de la guerra. La previsión de la agencia, bajo la suposición de que el conflicto finalizará a lo largo del tercer trimestre, es que caerán en diciembre a su nivel más bajo desde que tiene registros (2003), llegando a un suelo de 2.269 millones de barriles. Esto dejaría un margen reducido porque, según señala Pinheiro, los mínimos operativos que deben mantenerse en las infraestructuras petrolíferas –como tanques, oleoductos o cavidades subterráneas– por razones técnicas ascienden a 1.400 millones de barriles (unos 30 días de demanda). Por otra parte, las reservas estratégicas controladas por los países de la AIE ascendían antes de la guerra al entorno de los 1.200 millones de barriles, de los cuales se aprobó la liberación progresiva de 400, que aún continúa. Según Reyes, la prolongación del conflicto hacia el tercer trimestre “pone en aprietos” este nivel de reservas y “la capacidad de hacer frente a la disrupción de oferta”, pero la elasticidad de la demanda es superior a la de décadas anteriores y se desconocen datos oficiales sobre las reservas de China, que están teniendo un papel crucial en la crisis. Admite que esta vía podría resultar en una capacidad mayor de amortiguación de la que “los números oficiales actuales descuentan”. Las reservas chinas se estiman en una horquilla de entre 1.200 y 1.400 millones de barriles, aunque la propia agencia de energía de EEUU hizo una estimación en 2025 advirtiendo de la “información limitada” sobre las reservas chinas y concluyó que los inventarios de petróleo del país estuvieron aumentando durante el año pasado porque China ordenó a sus compañías que lo hicieran ante la incertidumbre geopolítica. Este acopio previo del mayor importador mundial de petróleo le ha permitido reducir su demanda de crudo del mercado en un momento en que, por precio, la compra se desincentiva, con lo cual ha atenuado, a la vez, la crisis petrolera mundial. Con datos de Bloomberg, las importaciones han caído un 31% entre febrero y mayo, por lo que indudablemente actúa un factor de alivio adicional. De hecho, Pinheiro sostiene que es “improbable que veamos un repunte de las importaciones de China en el corto plazo con el nivel de precios observado actualmente”. La destrucción de demanda Otro motivo fundamental para que los precios no se hayan disparado es la disminución de la demanda. Antes del inicio del conflicto en Oriente Medio, el mercado partía de superávit y de reservas en máximos. En el promedio de 2025, la oferta superó a la demanda en 2,1 millones de barriles diarios, una holgura anómala en años previos. Pero, a partir de marzo, la curva se invirtió por la caída abrupta de la oferta y una reducción mucho menos pronunciada del consumo. Haciendo un promedio de la demanda y la oferta entre marzo y mayo, la primera ha superado a la segunda en una media de 5,3 millones de barriles diarios. No obstante, casi la mitad de la reducción de la demanda de petróleo en los mercados, cercana a cuatro millones de barriles diarios, es atribuible a China y a otros países asiáticos, seguidos de EEUU (que recurre más a su propia materia prima y a mayor producción interna) y de países emergentes. Mientras, la reducción en Europa es limitada (de 0,11 millones de barriles si se compara con febrero y de 0,21 si se compara con mayo de 2025). Aunque la previsión tanto de la EIA de junio como de la AIE de mayo es que en 2026 se demande menos petróleo que en 2025 a nivel mundial, el impacto económico diferirá según en qué territorios se centre, más contando con el colchón no cuantificado de China. En los 70 hubo recesión con esta reducción de oferta La producción adicional de petróleo que están proporcionando EEUU y la OPEP no es suficiente para cubrir el gap entre la oferta y la demanda a largo plazo, por lo que una situación prolongada del conflicto obliga a reducciones de demanda más severas y extendidas a todos los territorios y, por tanto, a un mayor riesgo de desaceleración económica o incluso recesión en los países más afectados. En cualquier caso, es difícil prever el impacto sin saber cuánto más se alargará el conflicto. Reyes explica las diferencias con la anterior crisis petrolera de magnitud equivalente. En el embargo petrolero de los años 70 se restringió algo menos del 5% de la oferta mundial de crudo, produciendo un impacto muy marcado en precios, “casi el doble en términos reales que los que tenemos hoy”, y esto llevó a una recesión global y a un estancamiento por un periodo prolongado de la economía global. En esta ocasión, está en juego el 20% de la oferta mundial, pero por los diferentes mecanismos de mitigación (las reservas estratégicas no se crearon hasta 1975) se ha logrado limitar el impacto “a entre el 4% y 5% de la oferta mundial”, compensado por fuentes alternas que ayudan a que “el impacto sea más digerible” en la demanda. Añade que precios elevados del barril, permanentemente por encima de los 100 dólares, generan “un efecto automático muy fuerte” que puede llevar, por sí mismo, a que se solvente el conflicto más rápido y los peores escenarios no se materialicen. Por el momento, las últimas previsiones están revisando el crecimiento a la baja y la inflación al alza, pero el impacto va por barrios. Se observa un crecimiento de la inflación mayor en Europa que en China por la necesidad de los primeros de acudir más a los mercados para abastecer su demanda, lo cual también repercute más negativamente en su actividad. Pinheiro destaca que los riesgos a la baja están sobre todo concentrados en países emergentes, en particular los importadores netos de energía, más dependientes de los suministros de la región del golfo Pérsico, con menores colchones de reservas de petróleo, y los que ya presentaban mayores vulnerabilidades fiscales y externas en la entrada en esta crisis. Por otro lado, para Europa también existen riesgos a la baja, en particular dadas ya las “débiles” perspectivas de crecimiento en el corto y el medio plazo.
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El cierre de Ormuz ha acelerado el vaciado de reservas, pero la caída de la demanda y el colchón de China contienen el precio. La curva de futuros avisa: aunque se reabra el estrecho, el petróleo no volverá a estar barato a corto plazo










