Una máquina de escribir Hermes Baby roja, versión brasileña de los años setenta del modelo suizo utilizado por Hemingway, reposa sobre una mesita. Varios metros de papel continuo de impresora fabricado en los sesenta, plegado como fuelle de acordeón, les sirve de mantel a dos comensales hambrientas. Un grupo de aisladores eléctricos de porcelana blanca atornillados sobre un panel, es enarbolado como un estandarte por una de ellas: data de los años cuarenta y se encontraba instalado a la entrada de cualquier hogar. Todos los objetos utilizados en Quien sea llega tarde tienen solera: han sobrevivido a sus dueños y probablemente nos sobrevivirán.Paco de La Zaranda y Eusebio Calonge, director y autor de esta función descarnada, rastrearon tales cachivaches en mercadillos bonaerenses, con paciencia y una caña. El menos llamativo de todos ellos es un archivador multiuso. Su cajonera, puesta en vertical, es la mesa sobre la que descansa la Hermes. Y el archivador mismo, tendido cuan largo es, sirve de mesa para el papel continuo perforado que hace a su vez de mantel. Cruzadas sobre el pecho de la actriz Paula Ransenberg, dos hojas desgajadas del fuelle kilométrico emulan la banda cruzada que llevaron San Martín, Juan Manuel de Rosas, Urquiza, Perón y De la Rúa. Pero ninguno de tales próceres tuvo, además, una Banda Presidencial con baterista, bajo y guitarristas, como la que lidera Javier Milei, cuya desafortunada voz ha destrozado como nadie lo hizo nunca Libre, el himno popularizado por Nino Bravo en los sesenta.En Quien sea llega tarde, producción del porteño Teatro El Picadero, dan la cara dos actrices argentinas proteicas. Nayla Pose interpreta a una administrativa realista, consciente del sinsentido irremediable que gobierna un negociado adscrito a un ministerio sin ministro, en una Administración pública desmantelada. Su compañera, en cambio, escucha las noticias para distraerse de lo que les sucede: hace años que trabajan sin luz, calefacción, agua ni teléfono. No saben ni en qué día viven, porque la radio y el reloj se quedaron sin pilas.Ambos personajes resultan menos bufos que la mayoría de los de La Zaranda, los sentimos próximos: se parecen a cualquier hija de vecina. En el texto de Calonge hay mucha ironía, causticidad y un ligero desengaño: para sus criaturas, el progreso es un regreso. Sin embargo, la oficinista interpretada por Ransenberg repite alegre y exhaustivamente la rutina inútil que algún jefe le dictó un día ya lejano, antes de esfumarse. En el edificio donde trabajan y habitan no queda nadie más. ¿Esperan a Godot o a Godoy? ¿A Mambrú o a Landrú? Esperan el advenimiento de la luz. Un día nuevo, que sea nuevo de veras. La Zaranda, cuyo estilo impregna toda la producción, hace un teatro metafísico, aunque muy táctil, en el que destaca la metamorfosis objetual. El uso hace a los enseres como el hábito hace al monje: la alcachofa de la ducha es auricular telefónico y micrófono, porque a ello se le anima. No obstante, lo entretenido de cuanto sucede llega un momento, aunque tarde, en el que la función se agota, o, simplemente, no conserva su pujanza anterior. ¿Qué sucedería si, a todo lo que aquí se dice en abstracto y generalizando, se le hiciera aterrizar en un sitio y una fecha precisos? ¿Y si La Zaranda hablara de los wichís, nativos argentinos a duras penas supervivientes del expolio cometido por el criollaje desde el siglo XIX hasta hoy? Tres wichís protagonizan Tres pozos, el cine teatro estrenado anoche en La Abadía por Miguel Oyarzun y Marco Canale. Ambos directores dieron a luz este cuasi documental didáctico y necesario, trabajando sobre territorio minado. Quien sea llega tardeTexto: Eusebio Calonge. Dirección: Paco de la Zaranda.Teatro Picadero de Buenos Aires (Argentina). Reparto: Paula Ransenberg y Nayla Pose.Teatros del Canal. Madrid. Hasta el 21 de junio.Tres pozosUn proyecto de Amanda Solano, Andrés Fermín, Marco Canale, Miguel Oyarzun y Pedro Rey.Teatro de La Abadía, Madrid. 11 y 12 de junio.