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El trabajo y las implicaciones humanas del mito de la productividad capitalista ha llamado la atención de ciertas propuestas del documental contemporáneo. El tiempo ha jugado un papel importante en la construcción estética de tales filmes. Bien conocido es el caso de Wang Bing con, por ejemplo, su trilogía juvenil que suma más de quinientos minutos. Andariega pone el dedo en un matiz importante de tales implicaciones, que es común a una buena cantidad de familias colombianas.

El filme, de entrada, introduce una narración mediante la escritura de Chena en una suerte de bitácora con cierto tono confesional; por otro lado, vemos a su hijo, Totó, por primera vez aprendiendo a escribir. El diálogo que inteligentemente establece Soto entre la narración escrita y la presentación del niño, sumado al antecedente que cuenta Chena de que sus padres, como ella, se la pasaban “de finca en finca, de vereda en vereda” tiene que ver con los intereses de Soto respecto a su relato. Evidentemente, el director se muestra particularmente conmovido con la imposibilidad de esta familia por disfrutarse entre sí. El trabajo, que es lo que ocupa la mayor parte de la narración, es solamente la excusa para hablar de esos pocos minutos en los que madre e hijo pueden pasar tiempo juntos. Estos son los dos puntos de vista que desarrollan a Andariega: el de la cotidianidad de Chena trabajando y el de la cotidianidad de su hijo. No es frecuente que ambas líneas se crucen en el mismo cuadro. El momento en el que lo hacen, es breve. Mucho más largo es el tiempo que pasa Chena desplazándose a sus trabajos.