¿Cuánto da de sí una ciudad, has pensado sobre eso? Como si fuera un slime con purpurina (esa bola amasable y estirable siempre a punto de rasgarse por algún lado) los de-aquí-de-Madrid nos hemos agarrado a nuestras mantas de seguridad (el salón de casa, el bar del barrio) para sentir que aún pertenecemos a este sitio. Si no vives en una gran ciudad y estás aburrida del relato madrileñista, sáltate este texto o, mejor, léelo con la lejanía y la satisfacción de estar a salvo de este infierno, de saber que vives en un lugar mejor.
No sé si los de-aquí-de-Madrid, gentes de barrios periféricos que paseamos por las aceras más estrechas de Salamanca procurando no tocar sus paredes para no mancharlas, nos podemos acostumbrar a vivir en una macrociudad. En la coincidencia de la visita de dos extranjeros que vinieron a trabajar y arrastraron masas, León XIV y Bad Bunny I, los fans de ambos personajes se encontraron una ciudad con la habitación de hotel a un mínimo de 200 euros y banderines vaticanos en los autobuses municipales, que costaban gratis porque medio Madrid estaba cortado. Y además, la Feria del Libro en el Retiro y la Fiesta del cine en las salas. ¿Quién quiere quedarse en casa?
Otro motor turístico de la ciudad, también relacionado con la adoración de las masas, es el fútbol. El Real Madrid y tal. Su “museo” es el tercero más visitado en España, después del Prado y el Reina Sofía. El momento de petada de cabeza llegó cuando supimos que Bad Bunny se había visto con el Papa en el Bernabéu, después de un acto que reunió a 80.000 personas (cada concierto de Benito en el Metropolitano congrega a 64.000, habría que ver si el León podría repetir esa marca durante diez días; diría que no, por lo que cual el reguetón sigue ganándole la partida al catolicismo).







