Recorre la prensa el turbador presagio de un proyecto pol�tico consistente en convertir a Espa�a en una confederaci�n de Estados. A juicio de sus patrocinadores, se lograr�a as� llegar a un territorio alumbrado por las luces del progreso, un lugar donde la Espa�a dise�ada en la Constituci�n se convertir�a en una vela que, consumida, se arrinconar�a en un aposento l�brego, all� donde los gusanos rumian su rutinaria insignificancia. La conmemoraci�n de su 50� cumplea�os ser�a la ocasi�n propicia para asestarle la pu�alada y aprestar su mortaja.Procede estar en guardia y rebelarse contra tal aciaga perspectiva, alimentada, tras las recientes elecciones andaluzas, con el �xito, desde la izquierda, del mensaje identitario.Desde mi peque�ez provinciana yo lo hago con la autoridad que me proporciona haber escrito en 2006 (junto a Igor Sosa Mayor, hoy profesor de Historia Moderna en la Universidad de M�nich) el libro El Estado fragmentado. Recuerdo que, entonces, pese a ganar el favor de muchos lectores si se atiende a sus sucesivas ediciones, desde la prensa ligada al Gobierno (de Jos� Luis Rodr�guez Zapatero) se le hizo el m�s ominoso de los vac�os. Y, desde el Centro de Estudios Constitucionales, se organiz� una sesi�n entre las 14 y las 16 horas de un d�a del mes de julio a la que fui invitado para ponerme cual digan due�as, en lugar de celebrar, desde una instituci�n del Estado, el hecho de que unos especialistas tomaran la pluma para defender precisamente al Estado de la avasalladora voracidad de los nacionalismos desleales.Porque eso trat�bamos los autores: de alertar del peligro de los cambios estatutarios, entonces en curso, y destacar que Espa�a, ese �asombro de esperanzas� que cantara Pablo Neruda, no se romp�a, pero el Estado se fragmentaba. Y ello porque hab�a sido introducido en un quir�fano sin m�s luz que la de un candil; una experiencia arriesgada de la que no podr�a salir m�s que extenuado y, por consiguiente, con poca agilidad para establecer pol�ticas propias y afrontar reformas de largo aliento.El Estado, debilitado, fragmentado, quedar�a privado cada vez m�s de la posibilidad de cumplir con su funci�n de crupier en la ruleta de los intereses particulares, incapaz por tanto de gritar el rien ne va plus! a las demandas de las clases pol�ticas que gobiernan las comunidades aut�nomas m�s insolidarias.Las lamentables experiencias de las reuniones de los consejos sectoriales, y no digamos de la Conferencia de Presidentes, cuando han tenido que abordar asuntos no solo importantes, sino de aut�ntica salvaci�n nacional, avalan desgraciadamente lo que fue nuestro negro an�lisis. Y ello sin citar los vaivenes grotescos los a que obliga ese abracadabra de la �cogobernanza�, que, como adivinanza que es, habilita para adoptar decisiones en un sentido o en el contrario, en funci�n de los intereses encanijados del gobernante.Aquellos que se autocalifican como progresistas, por cierto, sin m�s credenciales que las obtenidas en el m�ster cursado en un mitin o administrando aplausos de entusiasmo en el Congreso que respaldan discursos antit�ticos, deber�an saber -tales lumbreras- que comprometer el eficaz funcionamiento de un sistema es conducirlo a su bloqueo. Que bloquearlo es impedir su reforma ordenada. Y que impedir reformas es lo que caracteriza al pensamiento reaccionario.Ya hoy, el Gobierno de coalici�n, apoyado por las fuerzas que quieren jibarizar Espa�a, act�a seg�n el principio hoy soy m�s confederal que ayer, pero menos que ma�ana. Ahora bien, preciso es enfatizar lo siguiente: los citados elementos confederales son un retroceso en la historia, como se pone de manifiesto en la evoluci�n de los Estados federales. Alemania, para los europeos, es la referencia, y ya Konrad Hesse titul� el libro que escribi� en 1962 para explicar el modelo pol�tico de su pa�s El Estado federal unitario. Pues bien, la afirmaci�n no ha hecho sino cobrar, desde entonces, vigor y extensi�n.Agitar el se�uelo de la confederaci�n es ponerse no en el lado malo de la Historia, sino en su lado extravagante. Espa�a no es una �naci�n de naciones� y, si lo fuera, ser�a prudente no airearlo, ser�a mejor disimular, porque tales laberintos pol�ticos han acabado siempre como el rosario de la aurora. Y no han dado precisamente frutos apetecibles, m�s que para quienes se miran en el espejo del plurinacionalismo boliviano.Es decir, que al hallarnos ante signos alarmantes de posibles alteraciones constitucionales, trenzadas adem�s -como es usual entre los actuales primates de la mayor�a gubernamental- por medio de oblicuas decisiones y tejemanejes sombr�os, es obligado defenderse.Asombra o�r que las nuevas generaciones no han aprobado la Constituci�n vigente porque ni siquiera viv�an cuando fue aprobada y promulgada. En Francia o en Alemania, por poner ejemplos cercanos, aun padeciendo como padecen crisis pol�ticas relevantes, a nadie se le ocurre plantear una transformaci�n �radical� del modelo constitucional. S� aspectos concretos, lo que se hace con naturalidad y con econom�a de aspavientos.Procede, pues, arg�ir con fuerza que nuestra Constituci�n no es una p�gina en blanco que pueda escribirse sin pauta alguna y mucho menos con la pluma que nos proporcionen ingenieros a la violeta o trucando las previsiones para su reforma.S�pase que tan solo las organizaciones que descreen de ella, que la intentan minar a diario -de las que hay larga muestra en las Cortes y en el Gobierno o apoy�ndolo- pueden apuntarse a la tesis del car�cter en blanco del texto constitucional, de su condici�n no militante. Y lo hacen con tanta perfidia como gozo.Nuestra Constituci�n milita y, adem�s, lo hace con �nfasis cuando proclama que �Espa�a se constituye en un Estado social y democr�tico de Derecho que propugna como valores superiores de su ordenamiento jur�dico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo pol�tico�, porque su alteraci�n o degradaci�n destruir�a las vigas maestras de nuestra convivencia. M�s a�n: del modelo civilizatorio al que felizmente pertenecemos.Y lo mismo ocurre cuando establece unos derechos y deberes fundamentales que se pueden ampliar, pero no restringir, cuando exige respetar la divisi�n de poderes o cuando declara la inviolabilidad de diputados y senadores; o proclama la independencia judicial; o la protecci�n de las costas, las playas y los bienes comunales, etc.Por descontado, tambi�n cuando afirma en el art�culo 1.2 que �la soberan�a nacional reside en el pueblo espa�ol, del que emanan los poderes del Estado� y que �se fundamenta en la indisoluble unidad de la naci�n espa�ola, patria com�n e indivisible de todos los espa�oles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonom�a de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas�. �Nos gustar�a que una formaci�n pol�tica propusiera y lograra volver al Estado centralista, tal como funcion� durante la dictadura franquista? �A alguien le complacer�a que nuestra democracia de libertades, por estar incorporada a una Constituci�n en blanco, no militante, pudiera trocarse en un r�gimen comunista o en uno corporativista, copiado de alguno del siglo XX? Por supuesto que no, y esto es as� porque nuestra Constituci�n milita a favor de una democracia abierta que permite acoger proyectos pol�ticos de muy distinto signo.Es la hora de api�ar argumentos y exponerlos en los diarios, en las redes sociales, en acuerdos de las Academias, de las Universidades, con sosiego pero con codicia y punter�a, porque nuestro orden constitucional es fr�gil, v�ctima diaria de pedradas que son lanzadas no desde rincones invadidos por malhechores, sino desde el coraz�n mismo de las instituciones del Estado.Ante una cuesti�n tan severa, con nuestras plumas, debemos airear y exigir sine ira et studio, ante cualquier cambio, la aplicaci�n rigurosa del t�tulo X de la Constituci�n. Y de nuestras gargantas debe salir un clamor que pregone: ��No a la prestidigitaci�n!�.Francisco Sosa Wagner es catedr�tico universitario. Su �ltimo libro -con Mercedes Fuertes- se titula Cl�sicos del Derecho P�blico. Biblioteca b�sica para estudiosos y curiosos, tomo II. Marcial Pons, 2025