En noviembre del 2010, vivía al lado de la Sagrada Família, se veía desde mi balcón. Empezaban a notarse los efectos del estallido de la burbuja inmobiliaria. Cada día, unas 170 familias en España perdían su casa. Sonaban palabras preocupantes y eufemísticas. Crecimiento negativo, decía el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Novedades tributarias. Desaceleración transitoria. Estancamiento, frenazo, brusca desaceleración, condiciones adversas, deterioro del contexto económico, ajuste, periodo de serias dificultades, situación ciertamente complicada. Todo para no verbalizar lo que era obvio, como si, evitando pronunciarlo, dejara de existir.

Quique Garcia / Efe

Faltaba poco para que la Marea Verde primero, y después la Marea Blanca, inundaran las calles en protesta por los recortes en educación y sanidad pública. La llegada de turistas extranjeros a Balears alcanzó casi los nueve millones. Barcelona batía un récord entonces histórico: superó los siete millones de turistas, un 10% más que el año anterior.

Tengo una sensación de ‘déjà vu’; no es como un error en Matrix, sino como un hastío kafkiano La roja había ganado el Mundial a ritmo de Waka Waka; el capitán del equipo le plantó un beso en la boca a su novia mientras ella lo entrevistaba en directo. Aquel 2010, el papa Benedicto XVI visitó la Sagrada Família. Conocidos míos me preguntaban por qué no subarrendaba el balcón del piso y sufragaba así la mensualidad del alquiler. Los días previos al 7 de noviembre, cortaron la calle y los vecinos teníamos que llevar algún documento que acreditara que vivíamos allí para acceder a nuestra casa.