Ayer madrugué, cosa muy desagradable, por hacer un pequeño favor a mi hijo –el ­delito de paternidad nunca prescribe–, que exigía ir a su domicilio. El edificio tiene un piso turístico y en la puerta estaba plantado un turista inglés de aspecto cuarentón al que una voz femenina negaba la entrada.

– I know, I’m late.

ANA JIMÉNEZ

Reproduzco la versión original porque el inglés es más contundente. Tampoco imagino a un marido indígena limitándose a decir “lo sé, llego tarde”. Muy tarde.

Gracias a la igualdad de género y la telefonía móvil, uno daba por extinguido al hombre que se entretiene unas horas y llega al hogar con el amanecer pero sin las llaves. ¿Es justo exponerlo en el rellano al juicio vecinal, sin concederle el derecho –y el deber– no al voto sino a explicarse?