Las lectoras escriben sobre el machismo, los niños que mueren en las guerras, Cuba y la angustia que genera en los ciudadanos el estado del mundo
De camino a casa. Es domingo 8 de marzo. Día de la Mujer. Salgo dos horas tarde de trabajar y estoy agotada. Ya es de noche, y no me agrada caminar por la calle. Decido llamar a un taxi. Me monto en el vehículo. El conductor, de unos 70 años, me saluda llamándome guapa y añade que si se lo pido “así”, entonces me llevará al destino que le indico. Lo ignoro. Le muestro mi desagrado con mi silencio y mi cara. Me pregunta por cuál de los caminos (hay dos) quiero ir. Le digo que no sé cuál es mejor. Que decida él. Me dice que me llevará por el que considera que es más corto. Comenta que en caso de que tenga alguna duda, podemos quedar para tomar algo y lo discutimos. Nuevamente, silencio. La palabra “guapa” se repite varias veces durante el trayecto. Yo solo quiero llegar a casa. Durante el viaje empiezo a pensar en la ironía de que un día como este y a pesar de que haya quien lo cuestione, una vez más, se reafirme la necesidad. “Vete a dormir y no te vayas de fiesta”. Y así concluye mi 8-M.
Sara Buxó Pérez. Vigo
Además de ser el título de un magnífico documental destinado a promover la protección de los derechos de la infancia, por desgracia, en el mundo a cada rato ocurren hechos inhumanos ante los cuales nos sentimos impotentes. Según Unicef, ascienden a 64.000 los niños muertos o mutilados en Gaza, y más de 93.000 niños y niñas fueron reclutados en conflictos armados en todo el mundo entre 2005 y 2020. Recientemente, la desatada Furia Épica de EE UU en Irán ha matado a 168 niñas en una escuela, mientras la Casa Blanca, con macabra infantilización, presenta sus barbaridades bélicas con estética de videojuego. Devastador. Sin palabras.






