El otro día viví una clase magistral de machismo, cortesía de profesor de prácticas de la autoescuela. Según él, no domino el embrague porque soy mujer. Al parecer, pensamos demasiado, no entendemos lo que se nos dice y, claro, lo complicamos todo. Durante más de 30 minutos estuve parada en el arcén derecho, escuchando sandeces como: “¿Qué color ves ahí?”, señalando un semáforo en ámbar. Respondí “ámbar”, y él, soltó: “¡Es naranja! Pero claro, eres mujer”. Fascinante análisis cromático y de género. También me dijo que debía “acariciar el embrague con dulzura”. Me pregunto si a los hombres les recomienda lo mismo o si a ellos les permite soltarlo como si fuera el freno de mano de su ego. Aunque lo peor fue cuando, tras tanta sabiduría, consiguió quitarme las ganas de conducir. Pero como buena mujer, pensé, y pensé mucho, y finalmente decidí que lo primero que haré es cambiar de instructor. Pediré una mujer. No porque las mujeres seamos mejores, sino porque yo elijo a quién escuchar, y no voy a aprender de alguien que todavía cree que las mujeres ven los semáforos en colores equivocados. Espóiler: seguiremos viendo en ámbar. Y en rojo, cuando toque pararles los pies.
Marta Blasco Calvo. Barcelona






