El futuro europeo aparece atravesado por intereses dispares, contradicciones significativas respecto del plan que se debe seguir y falta de visión común: hay puntos de vista divergentes que es complicado reconciliar. Uno de los más importantes salió a relucir en el informe que presentó Emanuele Orsini, presidente de Confindustria, la muy influyente confederación de la industria italiana, el pasado lunes. Expuso su visión en la asamblea general de la institución. Estaban presentes, y atentos, el presidente Mattarella y la primera ministra Giorgia Meloni. Orsini no sonó alarmado, pero sí preocupado. La industria italiana se ha ralentizado. Continúa siendo un pilar fundamental de la economía del país, pero su crecimiento es lento y escaso. Y en un contexto de notable agitación internacional, el riesgo de estancamiento o de contracción es serio. Las exportaciones son débiles, el consumo se ha frenado y los costes han aumentado. "Europa se arriesga a convertirse en un desierto industrial. Nosotros nos hemos contentado con hacer lo mínimo indispensable" En el panorama europeo, y este fue el segundo punto en el que puso énfasis, las cosas no mejoran. Europa se halla en riesgo de convertirse en un "desierto industrial". La deslocalización de las últimas décadas ha llevado a que la UE disminuya su cuota del PIB mundial, hasta 7 puntos, y a que se haya perdido un buen número de empleos. China emergió como el pulmón productivo del mundo, ya cuenta con el 35% de la producción manufacturera mundial, y no parece frenar su crecimiento ni siquiera tras la hostilidad de Trump. Será muy difícil que Europa pueda resistir el empuje de un país que ofrece ayudas estatales a sus empresas y que cuenta con un plan de desarrollo sólido y estructurado. Además, cabe añadir, EEUU está intentando recuperar capacidad productiva y ha implantado aranceles, lo que supone otra amenaza para la industria europea. Durante demasiado tiempo, añadió Orsini, “nos hemos contentado con hacer lo mínimo indispensable”. El "acto de responsabilidad" El plan que propuso Orsini, ante la atenta mirada de Meloni, subrayó la importancia del músculo económico: es necesario un mercado único de la energía, un mercado único de capitales y ahorros y una deuda común europea para financiar inversiones estratégicas. En definitiva, es una visión muy conectada con las propuestas de Draghi, esas que han sido mencionadas de continuo desde que fueron enunciadas y que han sido convenientemente relegadas en las decisiones políticas. En esos tres puntos reside el núcleo del futuro europeo: ¿existirá una hoja de ruta común en la que la prioridad sea la del crecimiento? ¿Habrá inversiones para reconstruir territorios industrialmente debilitados? No hay acuerdo de momento, ya que Alemania (junto con los países nórdicos) se niega a la deuda común, al mismo tiempo que invierte en su economía los superávits de los que ha gozado gracias al euro, y tampoco se están dando grandes pasos para conseguir que el capital europeo se quede en Europa. Jordan Bardella aspira a unirse a Alemania e Italia para que, entre los tres países, den un impulso diferente a las acciones europeas Sin embargo, la energía es el punto más conflictivo hoy. Orsini señaló que “para las empresas, el precio de la energía se ha convertido en una verdadera amenaza existencial” y subrayó que Italia no puede seguir afrontando costes superiores a los de sus competidores europeos. El presidente de Confindustria cree que es necesario acelerar el desarrollo de las renovables, reforzar las redes de distribución y apostar por la energía nuclear. Pero, además de eso, es imprescindible rebajar los precios. Alemania está subsidiando el abastecimiento energético de sus empresas y Jordan Bardella ha señalado que, si resulta elegido, su primera medida será vender a las empresas y familias galas la electricidad casi a precio de coste, ya que el actual sistema europeo de determinación de precios carece de sentido. El sector industrial italiano, para competir en ese escenario, necesita energía barata, y le resultará difícil con las actuales reglas. Conviene estar atentos a estas tensiones. Italia y Alemania han acercado posturas en los últimos meses y las industrias germana y transalpina comparten intereses. Bardella aspira a unirse a esa entente para que, entre los tres países, den un impulso diferente a las acciones europeas. España, con una ventaja estratégica en ese terreno, por las energías renovables y por su posible papel de hub energético, observa la partida a distancia. De momento, lo que ha decidido es subvencionar a las eléctricas con un plan antiapagones. Orsini también propuso medidas internas y apeló a un “gran acto de responsabilidad” que integre a los distintos partidos y a las fuerzas sociales, y gracias al cual se pueda conseguir un crecimiento del 2% anual. Pretende que las normas se simplifiquen, que haya impulso para que las pequeñas empresas se hagan medianas, y las medianas grandes (con incentivos para las fusiones), que se desarrolle la energía nuclear, y que la IA tenga un papel central. También propone un pacto salarial. La decisión europea Pero esas medidas, por sí solas, no bastan. Hay que cambiar muchas cosas en el mercado para que los precios de la energía sean baratos a corto plazo, y hace falta mucho capital para que los planes de desarrollo puedan llevarse a cabo. Las inversiones públicas que son precisas son vistas como un problema por unas autoridades europeas, y por las de muchos de los países que integran la UE, que piensan mucho más en términos financieros, los de la deuda y los ajustes presupuestarios. Han hecho una excepción, la armamentística, y con ella han cerrado la puerta. El partido de los industriales y el partido de los financieros se enfrentan. El ganador decidirá el futuro de los países europeos El centro de Europa, Alemania, está atrapado en ese dilema. Ha sido una gran potencia industrial, pero está a la baja. La reactualización de sus centros productivos se antoja complicada, y algunos sectores, como el automovilístico, son incluso descritos como perdidos: introducir dinero público en ellos implicará malgastarlo, ya que los chinos han ganado la partida de los coches eléctricos. Hay quienes entienden que Alemania debería reorientarse hacia la economía de servicios con un claro aliento tecnológico y financiero. Esta visión es minoritaria en Alemania y la gran mayoría de los políticos y de los sindicatos abogan por defender el modelo que hasta ahora les ha beneficiado. Sin embargo, la realidad es que muchos sectores económicos están pendientes fundamentalmente de las reformas necesarias en los sistemas sanitarios, de pensiones y tributarios, y creen que los esfuerzos deben enfocarse hacia ese ámbito. Así se lo ha señalado a Merz el Consejo Alemán de Expertos Económicos. El problema es que resulta muy difícil cuadrar ambos propósitos. Uno avanza en la línea de la austeridad, y la industria necesita inversiones, e incluso infraestructuras, que no pueden realizarse sin apoyo público. El partido de los industriales y el de los financieros se enfrentan por el futuro de los países europeos. De momento, se ha avanzado en la dirección de satisfacer a ambos, pero de una manera en que ninguno de los dos ha quedado satisfecho. El sector financiero quiere reformas profundas, el sector industrial impulso e inversión. Además, hasta ahora, la respuesta se ha realizado en términos nacionales, y sin apenas tener en cuenta al conjunto de Europa. Cada país ha tratado de ayudar a su industria y, a la vez, de ajustar presupuestos, pero sin mucho éxito, ya que las dificultades para conformar mayorías políticas sólidas complican la solución. La apuesta que se realice no solo perfilará el futuro de la industria, sino que tendrá consecuencias en la cohesión de la Unión. Se acaba el tiempo para tomar decisiones, y Europa no sabe hacia dónde inclinarse.