El papa León XIV ha sorprendido nuevamente esta semana con su encíclica Magnífica Humanitas y digo nuevamente porque, en momentos de incertidumbre y desesperanza en el mundo entero, desde el inicio de este pontificado el máximo líder de la iglesia católica se ha convertido en el principal opositor a las guerras, el sufrimiento en el mundo y ha denunciado con fuerza el abuso de poder que amenaza con traer crisis a distintos lugares del planeta. Rescata, así, la labor de una iglesia que orienta y guía espiritualmente, amparada en valores fundamentales de la humanidad, y esto es una nota de esperanza, más allá de si se profesa o no la religión católica. El texto ha causado impacto y, cómo no, si nos encontramos precisamente en una encrucijada mundial donde las alternativas son, muchas veces, sombrías. En tal sentido, vale la pena poner el acento en dos elementos centrales del texto que, de manera interconectada, son un llamado de alerta sobre un orden mundial que requiere atención. Se trata del llamado a recuperar el valor de la diplomacia y del diálogo como herramienta para alcanzar la paz, al tiempo que advierte el peligro de la inteligencia artificial y de la tecnocracia que, sin una gobernanza adecuada, puede traer peligros insospechados para la humanidad.No cabe duda que el Pontífice ha sido un actor relevante para interpelar a los líderes políticos que han buscado saltarse las reglas del concierto internacional para perseguir sus propios objetivos denunciando, hace algunas semanas atrás, “el mundo está siendo destruido por un puñado de tiranos”. Más allá de a quien correspondía exactamente esta referencia (que marcó un fuerte intercambio con el presidente Trump), la encíclica vuelve a la preocupación por el derrotero que está siguiendo el mundo “Frente a las comunicaciones impulsivas, las retóricas agresivas y las lógicas de poder que marcan nuestro tiempo” (probablemente varios confesos católicos y actores públicos en Chile y el mundo debieran atender este llamado) reitera la necesidad de volcarse al diálogo y a rescatar el valor que tiene el sistema multilateral, con una referencia específica al importante rol que cumple Naciones Unidas. Rescatar al sistema internacional de estas dinámicas perniciosas es volver a los orígenes de un sistema internacional basado en reglas y relegando la lógica del más fuerte que amplifica su mensaje a través del vehículo óptimo que le ofrecen las tecnologías y la alianza con la tecnocracia mundial.Pero la encíclica también es enfática en plantear las nuevas dimensiones de este desafío, se trata del ciberespacio y la inteligencia artificial, a la que dedica especial atención. No deja de ser interesante la conexión de esta advertencia con las dinámicas que hoy se observan en el mundo, porque es indudable que la geopolítica mundial está siendo seriamente afectada por esa dimensión del ciberespacio que hoy carece de gobernanza clara y donde la legislación de los Estados ha demostrado ser insuficiente, generando un terreno fértil para la manipulación y la desinformación. Si bien en occidente no es la única causa del deterioro sostenido de la democracia en el mundo, lo cierto es que el uso de las tecnologías en malas manos y sin control, ha generado una horadación permanente de los regímenes democráticos. Por cierto, no se trata de tener una posición contraria a la tecnología o las bondades que puede tener la inteligencia artificial para facilitar la vida cotidiana de las personas, pero la encíclica también es un llamado a levanta la voz con fuerza para advertir de los peligros “las innovaciones tecnológicas- incluida la inteligencia artificial- no son neutrales, pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión”. Y la evidencia está a favor de esta advertencia, un reciente estudio de IDEA Internacional muestra cómo la violencia en redes sociales ha sido creciente y afecta de manera desproporcionada a las mujeres (mención específica, además, al efecto que esto tiene en las mujeres de la política, que son arrojadas fuera del sistema por estos ataques) así como la hiperconectividad de los jóvenes que genera graves problemas de salud mental como la adicción o la ansiedad. Todo esto, por cierto, sin contar las brechas o los sesgos que las tecnologías sin supervisión, regulación o uso consciente, genera en la población. Las soluciones a estos problemas acuciantes de la humanidad no vienen solo de los Estados y su capacidad para generar políticas públicas adecuadas (ya hemos visto, por ejemplo, la insuficiencia de la regulación que limita el acceso de jóvenes a las aplicaciones), viene también de la capacidad del sistema internacional de ponerse de acuerdo para evitar la concentración del poder de estas grandes tecnológicas, de generar cooperación para optimizar el uso de las nuevas herramientas, proteger los derechos de las personas también en el ciberespacio y potenciar su valor y utilidad al servicio de todos y no solo de unos pocos.Hace sentido entonces pensar que, pese a que estamos cada vez más conectados, estamos también cada vez más solos. Pero no solo eso, si hay algo que distingue a los seres humanos de otras especies es su instinto gregario, su capacidad de generar pensamiento crítico y su racionalidad para generar comportamientos éticos, basados en el propio aprendizaje y en el discernimiento. Un mundo alienado, se condena a si mismo a avanzar en capacidad tecnológica y retroceder en humanidad y es ahí, precisamente, donde la interpelación papal cobra pleno sentido.
El mundo y nuestra magnífica humanidad
La encíclica del papa León XIV ha causado impacto y, cómo no, si nos encontramos precisamente en una encrucijada mundial donde las alternativas son, muchas veces, sombrías













