Entre toda la basura que se publica, la falta de autoridad moral y, en general, el declive de la palabra y el sentido en la era contemporánea, leer al papa León XIV se torna un refugio digno de agradecimiento. Su primera encíclica, Magnifica humanitas, publicada días antes de su visita a España, analiza con precisión de cirujano un malestar colectivo que escritores y filósofas llevan tiempo diseccionando. Lo hace, claro está, valiéndose de los postulados de la Iglesia católica, una que continúa la senda de justicia social marcada por el papa Francisco y que interpela, no obstante, a todas las personas a quienes el mismo León XIV considera "compañeros de camino", en su pluma: cualquiera que busque "la verdad, la bondad y la belleza". ¡Qué tiempos difíciles para tales conceptos tan malogrados! Y, sin embargo, cuán necesarios son como mecanismos de compensación para el mundo despiadado que sufrimos.PublicidadEl pontífice parte de dos metáforas bíblicas que iluminan el texto a modo de contraposición entre lo correcto y lo errado; por una parte, el proyecto megalómano ejemplificado en la Torre de Babel, la pretensión de alcanzar el cielo homogeneizando la riqueza cultural de los pueblos; por otra, la reconstrucción de Jerusalén que impulsa el judío exiliado Nehemías mediante la asignación de trocitos de muralla a distintas familias. Serán ellas –es decir, la confluencia de multitud de manos– las encargadas de reparar las ruinas, una obra que, según el documento papal, "reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras". A partir de ahí, comienza un alegato que alerta sobre los peligros del dominio tecnológico –concretamente, de la Inteligencia Artificial– no sólo en el seno del mercado y los entresijos del poder político, sino, sumado a lo anterior, sobre la definición de nuestra especie concebida desde una "ecología integral" que alude a la casa común, la Tierra: ríos, bosques, desiertos.Es indudable que León XIV ha captado las conexiones entre todas las crisis que nos amenazan, y puede tratarse de la primera vez que un papa señala directamente la digitalización como fuente de una desigualdad provocada no por su existencia en sí –aunque advierte del gasto de agua y energía que requiere– sino por la concentración en muy pocos sujetos, al contrario de lo que ocurría con los muros de la Ciudad Santa. El monopolio y la opacidad del algoritmo fomentados desde Silicon Valley, en el país donde nació el entonces Robert Francis Prevost (Estados Unidos), se vuelven objeto de una crítica demoledora sin necesidad de mencionar el nombre de los tecnócratas ni el gobierno que los arropa, el de Trump. Más bien, se describen unos procesos inicuos que pasan por la fabricación y difusión de mentiras, la eliminación de la responsabilidad política ante los demás, el extractivismo de datos sin consentimiento, y el servicio que prestan a la violencia. Por eso emplea el término desarmar: "Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva". Cuestionando la máquina más allá de su potencia técnica, a través de su capacidad para dictaminar la gobernanza global y destruir los fundamentos de la vida, para este señor que se considera discípulo de León XIII y su encíclica Rerum novarum (1891) –donde se contemplaba la deshumanización aupada por la revolución industrial–, el problema de la IA no se solventa con su regulación; sería preciso un armisticio, un cese total de sus funciones beligerantes contra todos y todas.El texto, que incluye una defensa acérrima de los derechos humanos, junto a la refutación del llamado progreso si éste implica acelerar el motor de la degradación medioambiental y la injusticia intergeneracional, acaba desbancando a la IA de lo que considera constitutivo de esa magnífica especie nuestra: poseer un cuerpo, la alegría y el dolor experimentados a partir de las relaciones, el juicio susceptible de invocar la moral; en definitiva, "el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad". Frente a las corrientes post- y trans-humanistas a favor de la fuga hacia Marte y una automatización que nos condena a ser materia prima para la productividad digital, León XIV propone una poética de los límites articulada en torno al bien común, en una suerte de manifiesto utópico que contradice las lógicas hegemónicas de la actualidad. La lucidez de su discurso lo emparenta con pensadores como Mark Fisher, Bruno Latour, Jorge Riechmann o la mismísima Hannah Arendt, a quien cita con el fin de subrayar los entresijos de lo que hoy denominaríamos posverdad. Consciente de los fenómenos responsables por este mundo sin palabras, el pontífice nos invita a evitar el "síndrome de Babel: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único – incluso digital– capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos".¡Cuánta potencia lírica y moral acogen sus reflexiones! Si éste es el Dios que va a legarnos, pese a las contradicciones de la institución eclesiástica, vale la pena escucharlo; apremiar a quienes utilizan interesadamente la religiosidad a ejercitar, por fin, sus mandatos éticos.
El papa León XIV frente al mundo despiadado
El texto de León XIV incluye una defensa de los derechos humanos











