El Papa advierte sobre los peligros de la IA, critica las guerras, reivindica la dignidad humana… Las lecturas de la primera encíclica de León XIV han puesto el foco en asuntos concretos que, estando presentes en ella, son parte de una mirada mucho más amplia. Hay muchas cosas nuevas en Magnifica Humanitas, pero la inteligencia artificial ha atraído el interés porque funciona como espejo de una época que avanza hacia las fantasías de omnipotencia, hacia un tipo de poder que desprecia la existencia de límites y hacia la centralidad de la ciencia y de la técnica. Los temores sobre el escenario catastrófico a que nos podía conducir la unión entre ciencia y poder dominaron buena parte del siglo XX, con la bomba atómica como su máxima expresión. Hoy, ese peligro radica en unos instrumentos que fácilmente pueden ser utilizados para la negación de lo humano. La encíclica arranca con una contraposición que no es baladí. En ningún sentido. Evoca dos imágenes bíblicas, la construcción de la Torre de Babel frente a la reconstrucción de los muros de Jerusalén: la “ciudad edificada sobre el orgullo” frente a la que “reconstruye los vínculos ante que las piedras”. El poder frente a lo humano La inteligencia artificial es un asunto pertinente por varios motivos, y especialmente por las promesas que tiñen el horizonte, que expresan de forma tangencial, cuando no directa, que sobran muchos seres humanos. Las visiones sobre el futuro hablan de trabajos cualificados que serán realizados mediante IA, tareas manuales que las desarrollarán robots, guerras que tendrán lugar mediante drones y misiles. La población que se precisará en ese escenario será escasa: no harán falta mano de obra ni soldados ni apenas ciudadanos; quizá algunos sirvientes en empleos que no puedan ser reemplazados por robots. Qué hacer con los que sobran no es una pregunta menor. El último Foro de Davos se dedicó casi en su totalidad a discutir cómo preparar a las sociedades para esta nueva revolución que acorta las necesidades poblacionales. No hay un horizonte utópico al final del camino, sino uno distópico, porque muchos seres humanos carecerán de función, ya que no serán útiles al sistema. "La tecnología no es neutral: toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza" No es solo una cuestión de futuro, también de presente. Llevamos décadas ya conviviendo con las tecnologías digitales y, a lo largo de este tiempo, lo humano es cada vez más desdeñado, porque se entiende poco eficiente. Las personas son sinónimo de error, de prejuicios de sesgos y de ausencia de control, por lo que la toma de decisiones debe apoyarse en lo cuantificable y medible, en los datos, en lo objetivamente apreciable. La era algorítmica quiere llevar esa visión mucho más allá: los diagnósticos médicos, la concesión de una hipoteca, el fallo de un juicio o la gestión de una empresa deben estar informados, cuando no decididos, por una IA perfeccionada. Es una visión que cae fácilmente en la soberbia, y que desatiende fácilmente a las señales de la experiencia, pero también a eso intangible que constituye lo humano. Las personas no pueden ser reducidas al rendimiento. Pero, sobre nuestro presente, debe constatarse, y así lo hace la encíclica, que la tecnología no puede solucionar por sí misma los problemas de la humanidad, ni es un mal en sí, pero no es neutral: toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza. Y, en estos años, la tecnología ha concentrado el poder, y ha servido como instrumento de control y vigilancia, y de conformación de costumbres y creencias sociales. Puesto que las conquistas de la ciencia y de la técnica, "desvinculadas del progreso moral y social, terminan por volverse contra el hombre, es necesario distinguir con claridad: una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra es dejarse guiar por un imaginario que desprecia el límite y promete una salvación puramente técnica”. No hay, por tanto, una discusión sobre la esencia de la IA, sino sobre hacia dónde nos dirige el poder y sobre las necesidades de lo humano La IA es un instrumento que, como todos los demás, depende del uso que se le conceda: “Hay un progreso que sirve a la persona y a los pueblos, y un progreso que los doblega a lógicas de poder”. No hay, por tanto, una discusión sobre la esencia de la IA, sino sobre el tipo de poder que existe y hacia dónde nos dirige, y sobre las necesidades de lo humano. La repercusión política Sin embargo, la encíclica, en última instancia, no son más que las palabras de un Papa. La Iglesia católica tiene alrededor de 1.400 millones de fieles repartidos por el mundo, pero su poder efectivo es mucho más difuso que el político o el económico. No solo porque el Papa carezca de divisiones, como afirmaba burlonamente Stalin, sino porque en su naturaleza no está el ejercicio del poder físico y concreto. Su misión, como dice la encíclica citando al papa Francisco, está “en el tiempo, no en el espacio”. Esa visión, sin embargo, no aparta a la Iglesia de la política, dada su capacidad para ejercer influencia sobre las sociedades. La última gran conexión entre ambos mundos se denominó democracia cristiana y contribuyó a construir la segunda parte del siglo XX, el posterior a la Segunda Guerra Mundial. Poco queda de aquello, aunque existan partidos que continúen adscribiéndose a esa corriente. La presencia del catolicismo en la vida occidental ha decaído significativamente, muchos de los creyentes no son practicantes y las iglesias ya no son espacios en los que se articula la vida social. Los evangélicos o los musulmanes poseen esa capacidad, pero la Iglesia la está perdiendo en Occidente. En cuanto a la ideología, la democracia cristiana está desaparecida. Las formaciones que la defendían se convirtieron en neocon, se arrodillaron ante la postura utilitaria del neoliberalismo económico y dejaron la religión para asuntos relacionados con la natalidad y las costumbres sexuales. Como asegura el intelectual católico Sohrab Ahmari, muchos católicos “abrazaron el fundamentalismo de mercado de una manera tal que habría que preguntarse por qué simplemente no se hicieron luteranos”. El Papa acaba de señalar el camino para una nueva democracia cristiana. Otra cosa es que haya alguien ahí fuera para recoger el guante La encíclica pone punto final a esa época, y ni siquiera tiene necesidad de mencionarlo expresamente. La doctrina social de la Iglesia regresa al primer plano, después de un tiempo de haberla ocultado bajo la alfombra. El texto pone en el centro el bien común, entendido como algo superior a la suma de las partes: nada hay aquí de esa sociedad en la que cada cual busca su interés y misteriosamente el resultado conviene a todos: el ser humano precisa de vínculos y de solidaridad. Nada hay de una caridad sostenida filantrópicamente, sino una reclamación de dignidad y justicia. La encíclica vuelve a colocar los grandes temas sobre la mesa. Esto mete en un lío a los partidos de la derecha adscritos a la democracia cristiana, porque sus programas poco o nada tienen que ver con lo que la encíclica describe: están pendientes del rearme, de la desregulación, de las bajadas de impuestos, del desarrollo de la inteligencia artificial a gran escala. La posición de León XIV puede favorecer, en apariencia, a opciones socioliberales, ya que coinciden en la defensa de la tierra y el combate contra el cambio climático, así como en la inmigración, pero poco más. Y no solo porque el asunto religioso los separe de manera radical, sino porque poco tiene que ver lo que León XIV cuenta en la Encíclica con unos partidos que se dedican, en el mejor de los casos, a diseñar políticas públicas que tratan de ayudar a los jóvenes a alquilar vivienda o a elevar el salario mínimo. La mirada antropológica de Magnifica Humanitas, su visión sobre el progreso y sus recetas para encarar los nuevos tiempos son mucho más ambiciosas que las de una izquierda que, al igual que los democristianos, no es capaz de plantearse grandes preguntas y, menos aún de contestarlas en una época que lo exige. La política ya no es capaz de dar sentido a la vida en común, y en su vertiente más benévola, consiste en un breve catálogo de acciones de un grupo de gestores que ha perdido de vista el bien común. León XIV contra la derecha representada por Trump es la gran pelea ideológica de esta época, y eso deja en un lugar muy poco favorecedor a democristianos y socialistas. El Papa acaba de señalar el camino para una nueva democracia cristiana. Otra cosa es que haya alguien ahí fuera para recoger el guante.
La encíclica no le viene bien al PSOE, pero es muy dura con las derechas
'Magnifica Humanitas' es un texto profundo, tejido con finura y rigor, que muestra los límites de los partidos políticos actuales, aunque sea de soslayo. No conviene a ninguno de los dos bloques










