Javier Gómez de Liaño
Actualizado 31/05/2026 - 14:52h.
El 22 de diciembre de 2025, Gabriel Albiac anunciaba en 'El Debate' una verdad elemental y profunda: «El presidente es ya un cadáver. Él no lo sabe. No quiere saberlo. Y hará inmolar, en torno a su grandiosa pira funeraria, a la más alta cifra de sus fieles». Un mes antes, en esta página, y con el título 'La agonía del presidente', escribí que Pedro Sánchez, en su fuero interno, sentía que el final no estaba lejos y que la voz 'dimisión' se oía incluso dentro del partido, donde algunos decían que era un rey Lear sin más familia que un hermano y una cónyuge imputados. Y, encima, embriagado de esa rabia y esa furia que siempre le han producido aquellos que le llevan la contraria.
Quienes conocen bien a Pedro Sánchez lo definen como un ser unidimensional que está dispuesto a culminar su proyecto o estrellarse con él antes de retirarse de la circulación, lo cual se deduce de aquella carta que el pasado 4 de enero dirigió a los compañeros socialistas, avisando de que no iba a cejar en el empeño y que su propósito era seguir hasta 2031. No obstante, mi opinión es que si Pedro Sánchez no se va es porque está insatisfecho de sí mismo y que la resistencia a irse y el anhelo de perpetuidad dan la medida de su fracaso interior. Y es que, si examinamos con detalle al personaje, la conclusión es que el presidente ha entrado en ese proceso del político autista que se considera fundamento y razón de todas las cosas. Pedro Sánchez está en levitación, y una especie de bonapartismo se ha apoderado de él. Vive incomunicado, aunque no pare de hablar y, además, lo hace en monólogo por temor a su propio silencio. De ahí que, cuando preguntó «¿De quién depende la Fiscalía?» y respondió «Pues ya está», lo que transmitió fue una seguridad retórica y fingida. Es curioso, pero si nos fijamos en los dictadores que han gobernado el mundo, la mayoría practicaba el monólogo del poder. Los soliloquios orales de Pedro Sánchez son pura farsa. La mentira es lo que lo ha matado.










