Tres meses después de su muerte y casi medio siglo después de ejercer como director de los servicios de Prensa en el Gobierno de Adolfo Suárez, Fernando Ónega volvió ayer al Palacio de la Moncloa. Lo habrá encontrado muy cambiado. Ahora incluye un búnker de siete plantas que inspira a los periodistas traviesos para hablar del enroque que el presidente no reconoce. El alma del periodista templado de voz aterciopelada, exento de sectarismos y añoranzas guerracivilistas, sobrevoló el acto. Se trataba de materializar la entrega de la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil otorgada a uno de los más brillantes y prolíficos comunicadores de la reciente historia de España. El presidente del Gobierno hizo un canto al periodismo libre, riguroso y comprometido que fue una de las palancas de la Transición. Lo encarna como nadie Fernando Ónega (Mosteiro, Lugo, 1947). Después de recibir los títulos de la condecoración, su viuda, Ángela Rodrigo, querida Ángela, evocó el perfil más entrañable del esposo, padre, abuelo y amigo. Sin olvidar sentidas referencias a su manejo de la voz y de la escritura. "Precisión de cirujano, ternura de poeta y fina ironía gallega, que escribía para entender, nunca para imponer", siempre fiel al lema materno que le inculcó su sed de centralidad: El presidente del Gobierno entrega a la viuda del periodista, Ángela Rodrigo, las credenciales de la Gran Cruz del Mérito Civil. (Europa Press/Pool/Moncloa/Fernando Calvo) "Dios es bueno y el demonio no es tan malo". Muy pocos asistentes. Hijos, nietos y amigos. Los justos para honrar la memoria de Fernando y agradecer al presidente la distinción otorgada a título póstumo por el Consejo de Ministros del pasado 10 de marzo. Sánchez destacó el papel decisivo de un periodista que, en nombre de razones que desbordan el fuero de un oficio concreto, tuvo Fernando en la elaboración de mensajes y discursos políticos cuando el reto colectivo era recuperar las libertades secuestradas por la dictadura franquista. Eso está en la memoria del tiempo, breve pero decisivo, que Fernando dedicó a la política desde la sombra, como asesor de prensa de un presidente de Gobierno. De las frases que Ónega puso en boca de Adolfo Suárez pasó a la historia la del "Puedo prometer y prometo", aunque siempre me pareció más ceñida al histórico momento aquella que abogaba por "hacer normal en las instituciones lo que ya es normal en la calle". Puesto que tanto la Casa del Rey como el Gobierno miran a Ónega como "un referente del espíritu de la transición" ningún otro lema explicaría mejor el hambre atrasada de libertades. Suárez hizo posible la libertad sin ira. Y sin dejar de ser periodista, Ónega también. Los dos están muertos. Tanto la Casa del Rey como el Gobierno consideran al ilustre periodista como "un referente del espíritu de la transición" Pero hoy es un día de tregua en mi acongojado seguimiento de la actualidad política. Me quedo con la huella que mi querido amigo dejó en la memoria del presidente. Nos contó Sánchez que nunca olvidará el recuerdo que tiene del día siguiente al intento golpista del 23-F, cuando el comunicador abrió así su informativo matinal: "¡Buenos días, libertad!". Eran otros tiempos. En aquel entonces, la polisemia solo era un tema para los exámenes de selectividad. Ese fenómeno lingüístico no permitía, como ahora, estrujar las palabras (libertad, infundio, democracia, ley, respeto, tolerancia, izquierda, derecha) hasta el punto de dar a una misma palabra o a un mismo lema significados tan distintos e incluso tan reñidos entre sí, con tal de ponerlos de tu parte. Tres meses después de su muerte y casi medio siglo después de ejercer como director de los servicios de Prensa en el Gobierno de Adolfo Suárez, Fernando Ónega volvió ayer al Palacio de la Moncloa. Lo habrá encontrado muy cambiado. Ahora incluye un búnker de siete plantas que inspira a los periodistas traviesos para hablar del enroque que el presidente no reconoce.