El primer reto de la Unión Europea respecto a China tiene que ver con la conjugación de verbos. O al menos esa es la sensación que hay en Bruselas. La idea del ascenso de Pekín como algo futuro, de la amenaza de la industria europea frente a la competencia china como un escenario, como un riesgo todavía por materializarse. Todo ello en el futuro. Y la Comisión Europea quiere cambiar la lógica: las amenazas que representa China se deben conjugar en presente. Y si no se inyecta la suficiente urgencia, la industria europea entrará en las vitrinas de la conjugación en pasado. Desde la pandemia las exportaciones chinas se han disparado un 40%, y el déficit comercial de Europa respecto a China crece un 30% anual. Los daños se están notando ya. El shock chino 2.0 está afectando al corazón de la industria europea, al centrarse en la automoción, la maquinaria, los químicos y otros bienes industriales avanzados. Alemania, el corazón industrial de Europa, está centrando su atención en los costes de las cargas burocráticas y de la transición ecológica. Pero para los economistas Sandor Tordoir y Brad Setser este es el riesgo más inminente, y así lo recogen en un documento del Centre for European Reform (CER), en el que advierten que el crecimiento alemán ya se está viendo muy lastrado por las exportaciones chinas. El cambio de enfoque debe ser enorme. Ya no valen ni las ideas del pasado, ni tampoco las herramientas que se han estado utilizando hasta ahora. Hace tiempo que el equipo de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y la Dirección General de Comercio, están tratando de aplicar esa nueva mentalidad. Los mecanismos utilizados hasta ahora son demasiado específicos, centrados en distorsiones muy concretas de la competencia a través de subsidios y enfocados en empresas puntuales. No están preparadas para una distorsión a gran escala. Su efectividad es muy limitada, como demuestra el hecho de que, a pesar de haber aplicado aranceles a los vehículos eléctricos producidos en China, su importación haya aumentado un 26% en 2025. Y, además, Pekín ha demostrado que no se trata de un problema con un único producto. Si la UE complica la llegada de vehículos eléctricos, China tiene otras alternativas: las importaciones de híbridos se han disparado un 155% el año pasado. Un grupo de Estados miembros, liderados por Francia, ha calculado que desde 2019 se han perdido un millón de empleos en la industria europea a manos de la competencia china. El colegio de comisarios ha tenido este viernes sobre su mesa varias ideas con las que trabajar. Por un lado, la diversificación de suministros para las empresas críticas, un paso lógico después de que Von der Leyen desarrollara en 2021 el concepto de "reducción de riesgos". Había que reducir drásticamente la exposición a China en cuestiones en las que la UE es muy dependiente del gigante asiático, como por ejemplo son las tierras raras. Otra pata es un uso más horizontal, por sectores, de los instrumentos comerciales con los que cuenta la Comisión Europea, como por ejemplo es la Regulación de Subsidios Extranjeros, con los que los técnicos comunitarios ya han abierto investigaciones puntuales a diferentes compañías en ámbitos como licitaciones públicas en la Unión Europea. En general, la estrategia pasaría por un uso más habitual de cuotas y salvaguardias en sectores críticos, como las maquinarias o los químicos. El problema es que este tipo de instrumentos afectan a todos los países que comercian con la Unión Europea y que no cuentan con un pacto comercial, lo que probablemente se traduzca en tensiones con otros socios, como ya ha ocurrido con el aumento de los aranceles contra el acero y el aluminio, que se han disparado hasta el 50%. Durante una entrevista esta semana con un grupo de medios europeos, Stéphane Séjourné, vicepresidente de la Comisión Europea a cargo de Industria y Mercado Interior, explicaba la idea de su departamento y la necesidad de actuar con urgencia ya que hay "situaciones en las que, en realidad, una investigación de ocho o nueve meses no nos permite salvar al sector". "Recurriremos a cláusulas de salvaguardia de manera más generalizada, aplicándola a sectores enteros y no solamente a empresas concretas", señalaba el francés, que se encuentra en el corazón de la línea dura dentro de la Comisión Europea contra la competencia china. Séjourné es un estrecho aliado de Emmanuel Macron, presidente francés, cuyo Gobierno ha llegado a plantear la posibilidad de aplicar aranceles generales del 30% contra todas las importaciones chinas. Francia, un país muy celoso de mantener su autonomía industrial y militar, lleva tiempo siendo una de las voces más críticas con las prácticas comerciales de China, y ha liderado un documento de reflexión en el que respalda el uso de instrumentos más contundentes ante este tipo de prácticas. España, junto con Italia, Países Bajos y Lituania, respaldó ese documento de reflexión francés, aunque al salir en prensa fuentes del Gobierno se desmarcaron de él, explicando que no había ningún acuerdo político alrededor de ese texto. Seis personas del Ministerio de Economía se encontraban en copia del correo en el que se hacía llegar el documento a la Comisión Europea. El problema es que los Estados miembros están demasiado divididos y, sobre todo, demasiado asustados. Algunos, como España, caminan con pies de plomo, porque tienen lazos estrechos con China y porque están recibiendo inversiones directas de compañías chinas en sectores críticos, como es el de los vehículos eléctricos en un país en el que, por ejemplo las fábricas de automóviles están enfocadas en los motores de combustión que tienen los días contados. La pieza clave, en todo caso, es Alemania, el país con mayores lazos económicos con China, el motor industrial de Europa y el país que más se juega en este momento. Tras un endurecimiento inicial de su discurso respecto a la cuestión china, el Gobierno alemán de Friedrich Merz está volviendo a mostrarse reacio a tomar medidas contra Pekín, como ya hizo durante la investigación que llevó a los aranceles contra los vehículos eléctricos. Esta semana la ministra de Economía, Katherina Reiche, explicó durante una visita a Pekín que debían protegerse también las exportaciones de Alemania a China. Séjourné cita en su entrevista de esta semana específicamente a España y Alemania como dos países "reticentes" a chocar con China. Opinión La pregunta que se hacen los economistas Sander Tordoir y Brad Setser, en el reciente paper del Centre for European Reform (CER), es… ¿Qué exportaciones pretende defender Berlín? Los números son muy claros: las importaciones chinas se están disparando en Alemania, precisamente en sectores importantes para la industria doméstica, mientras que Berlín no está ampliando sus exportaciones al mercado chino, que se mantiene muy cerrado. El problema va más allá: China también está copando mercados en países terceros donde las empresas alemanas podían aspirar a colocar sus productos que no logran entrar en el mercado chino y que se encuentran ahora con su otro mercado clave, el de Estados Unidos, que está levantando una barrera arancelaria a su alrededor. El miedo de Tordoir y Setser es que cuando Europa quiera reaccionar ya haya perdido la palanca de negociación que tenía con China, que es el poder de su mercado, y que encima las exportaciones chinas hayan noqueado a la industria local, dejando a los consumidores europeos sin otra alternativa práctica que los bienes importados desde China o, en el mejor de los casos, producidos parcialmente en territorio europeo por compañías chinas. El gran problema chino La lógica que defienden ambos economistas en el CER es, por lo tanto, pasar de una estrategia defensiva, tomando medidas puntuales contra algunas compañías chinas, a una estrategia ofensiva, con un enfoque mucho más general. Es también la dirección que está tomando la Comisión Europea, como ha explicado Séjourné y como también ha dejado caer Maros Sefcovic, comisario de Comercio y Seguridad Económica. Opinión Una preocupación que recorre los pasillos de Bruselas es que el problema sea tan grande que China no solamente no quiera, sino que quizás no pueda resolver, con unas dinámicas profundas que están ya en marcha. Pekín tiene un problema enorme de demanda interna. Los hogares chinos, muy envejecidos y con temor a unas pensiones bajas y al sistema de salud, tienden a ahorrar masivamente. El Gobierno chino podría estimular ese consumo interno por distintas vías, entre ellas ofreciendo mejores redes de seguridad a sus ciudadanos. Pero en vez de hacer eso vehicula unas inmensas cantidades de fondos a subsidios baratos para la industria. El Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula que cada año la industria china recibe más de un 4% del PIB en subsidios, unos 800.000 millones de dólares, y los cálculos de la OCDE apuntan a unos subsidios que son entre tres y nueve veces mayores que los de otras economías avanzadas. Lo hace con créditos baratos, con suelo gratuito y con subsidios a sectores clave, como semiconductores o automóviles. Esa producción no puede ser absorbida por una demanda interna tan débil, y se vuelca hacia el extranjero. Con unos hogares que ahorran una gran proporción de sus ingresos, los consumidores chinos tampoco compran bienes extranjeros, lo que, sumado a las medidas que toma el Gobierno central para complicar las importaciones, hace que la balanza comercial se desequilibre todavía más. La situación llevaría naturalmente a un encarecimiento del yuan, lo que, de nuevo, ayudaría a un ajuste en la balanza comercial. Pero eso no ocurre. Pekín evita que se fortalezca, lo que potencia todavía más las exportaciones. Es un problema que va profundizándose cada vez más. Con el paso del tiempo, incluso las autoridades chinas tienen más difícil dar marcha atrás, porque todo el modelo está enfocado en esta dirección, sumado al objetivo estratégico del Gobierno chino de lograr una autosuficiencia tecnológica.