La industria supera las alertas sanitarias y surfea las críticas por masificación y contaminación de ciudades, vecinos y ONG
Aykut acelera el paso para llegar al autobús, pero está demasiado lejos. El vehículo sale sin él y su familia desde la plaza de Drassanes de Barcelona rumbo a la terminal de cruceros del muelle. No le supone un gran problema: en apenas 15 minutos sale otro que recogerá al grupo que va formándose delante de la parada soportando un calor propio de agosto. Aykut, que vive en Turquía, ha llegado por la mañana a la capital catalana y sale esta misma tarde hacia otro puerto. “Hemos hecho lo que hace un turista: Las Ramblas, la Sagrada Familia, comer… Apenas hemos tenido tiempo para más. Ah, ¡y sangría!”, dice con una sonrisa. Ahora regresan al crucero, que durante siete días les da la oportunidad de ver varias ciudades del Mediterráneo.
“Es la primera vez que lo hacemos”, dice Aykut, a quien no le importaría repetir. “En el crucero tenemos todo lo que necesitamos”, agrega. Su barco no es el más grande que va a pasar esta semana por Barcelona. El viernes, un día después, llega desde Malta el MSC World Europa, que puede llevar hasta 6.700 pasajeros. Y el domingo atracan otros dos que se quedan cerca de esa capacidad. Son auténticas ciudades flotantes con todos los servicios: restaurantes, centro comercial, piscinas, teatro, casinos… Sin embargo, en los últimos años el crecimiento de esas urbes marítimas ha derivado en un choque con las metrópolis terrestres en las que atracan, alimentando un cierto rechazo en parte de sus ciudadanos.








