Un poemario cada tantos años. Falso politólogo. Periodismo todos los días. Natación, casi a diario. Doctor por la UNMSM. Caballero...

El rumor ya está en las calles: las mecas del sobreturismo ya no son Londres o Venecia, sino París, con cerca de 50 millones de visitantes al año. Aunque la temporada alta de 2026 todavía está a semanas de despegar, las zonas emblemáticas de la Ciudad Luz ya se han vuelto intransitables. El calor de este mayo resulta difícil de soportar, pero los sobreturistas se pasean tan campantes, en grupos numerosos que siguen la banderola de un guía como patitos en fila.

El problema básico del sobreturismo son los propios turistas. Son tantos buscando esencialmente los mismos lugares y experiencias que, al llegar al París del buen clima, quedan condenados al hacinamiento: en la vereda, en el paradero del bús, en la puerta del bistró de moda y en la taquilla de las ofertas culturales. Todo eso parece ser tolerado con gusto, aunque nunca se sabe por cuánto tiempo.

Los turistas padecen en relativo silencio, pero los vecinos y las autoridades sí se quejan. Los visitantes traen prosperidad adicional para el comercio, pero multiplican la presión sobre los servicios públicos. Además, los precios de todo aquello considerado atractivo comienzan a subir, sobre todo los alquileres de alojamiento temporal. El turismo termina encareciendo la vida de buena parte de la población local.