En Venecia hay más camas turísticas que venecianos viviendo en el centro histórico. La marea de 30 millones de personas que la visitan cada año, siguiendo casi todos la ruta disneyficada que va del Puente de Rialto a la Plaza de San Marco, contrasta con una dinámica continuada de despoblación. Si en 1977 tenía 100.000 habitantes, ahora no llega a 48.000. Los intentos de controlar este modelo económico de productividad limitada –desde la prohibición de la entrada de los grandes cruceros hasta la obligación de pagar una cuota para entrar en el casco antiguo– no han obtenido los resultados esperados. Y las elecciones municipales de este domingo y lunes las ha ganado, gracias a la mayoría de votantes que reside en tierra firme y es ajena a los problemas más agudos en la isla, un candidato apoyado por la derecha gubernamental, y que en su programa no priorizaba las políticas encaminadas a preservar el arraigo de los vecinos. Venecia envía a otras ciudades un mensaje desde un futuro inquietante, y convendría escucharlo.Es verdad que, por la conjunción de su fabuloso patrimonio artístico y arquitectónico, por sus características geográficas y medioambientales, y por la masificación superior a otros destinos, la ciudad de los canales es un caso único. Pero también un ejemplo extremo del desafío al que se enfrentan otras ciudades del continente. Es la paradoja del éxito. Para aquellas capitales que han sido globales desde el inicio de la modernidad, como Londres o París, la vivencia de la desposesión entre sus vecinos no es tan intensa. El impacto es mayor en otras que, desde principios de este siglo, se han convertido en un imán gracias a un modelo urbanístico compacto y a la preservación de un patrimonio cívico y cultural. Es esta identidad urbana, a la vez local y europea, la que muchos sienten amenazada.El problema no es solo el turismo que busca la postal para colgar en Instagram, ni la llegada sistemática de los llamados expats con renta superior a la media y que cada vez están más presentes en barrios de Madrid o Valencia, de Málaga o Barcelona. La realidad es la hipermovilidad de esta época que, en su versión más cruel, se impone expulsando al vecino para extraer más y más rentas de la vivienda. Ante esta situación, tan inútil es hacer bandera del turismo sin límites como propugnar el fin del turismo. Porque el turismo aporta riqueza y dinamismo, y es parte esencial de nuestras ciudades abiertas y cosmopolitas, además de un motor económico irrenunciable en un país como España. No bastan las las restricciones ante la amenaza de venecización, que exige políticas que van desde la construcción de vivienda asequible a la mejora del transporte público. El riesgo es que se acabe imponiendo un modelo que corroe el contrato social y desfibra el tejido democrático. Es una Europa convertida en una distópica gran Venecia, y todavía hay tiempo de evitarlo.