“Es lo que siento”. Marcos Llorente rebate en El Hormiguero a la ciencia con una frase que sintetiza nítidamente dónde empiezan tantos problemas de nuestro tiempo: en el individualismo que piensa que reivindicar un sentimiento propio ya otorga credibilidad a la barbaridad. En este caso, recomendar no ponerse crema solar. Porque él lo vale. Las redes sociales han animado a que la ignorancia no de vergüenza. El algoritmo está diseñado para promocionar lo que indigna rápido más que aquello que aporta contextos, pues los matices siempre requieren paciencia. Resultado: se ha ido promocionando el desconocimiento que, encima, permite a los osados de la ineptitud pensarse más listos que la mayor parte de los mortales. Les da regustillo. Y todo.Estos alardes de incultura se han ido haciendo fuertes en coletillas de las que ha abusado el reality show de la tele y los mercaderes de la opinión en la viralidad. Se utilizaban para justificar lo que no tiene justificación. Eran el arma arrojadiza que permitía cualquier cotilleo, defensa o delirio en prime time. Ahora, ya es tarde señora: ya están naturalizados en la convivencia. Han saltado del mero show a la pura calle. Así se abusa del “es mi verdad” como fórmula para honrar la mediocridad. Como si no existiera una verdad compartida. Como si lo propio siempre tuviera la razón frente a lo colectivo. De hecho, para desmontar realidades contrastadas, solo basta con erúptar tres comodines mágicos: “Eso será tu opinión”, “eso es solo una teoría”, “os tienen muy engañados”.Da igual refutar con argumentos sólidos, citando el trabajo en equipo de investigaciones. Da igual que la contestación venga de un estudioso en el tema. Da igual, se han coloquiolizado expresiones que antes solo se reducían a demagogos o, en su defecto, vendedores de crecepelo. Y, cuando quedan desacreditados, gritan: "¡Todas las opiniones son respetables!". Otra mentira que de tanto repetirse parece precepto. Todas las personas son respetables, las opiniones sin la intención del conocimiento se acercan más al ruido. Pero, desde luego, los que braman están consiguiendo que la inteligencia salga despavorida de los lugares de debate. Sabe por sabia que el tiempo no puede esperar y para qué desperdiciarlo en los que creen que tienen más respuestas que preguntas, los que siempre poseen la razón, los dóciles que se perciben liberados. Para qué desperdiciarlo en, los que solo son, los replicantes de eslóganes huecos.