Estamos rodeados de desconocidos que nos están diciendo todo el rato cómo debemos de ser. Nunca antes hemos padecido tal caudal de opinión ajena. Apenas hay lugares para la desconexión. Ni siquiera estamos demasiado a salvo en nuestra propia cama: abres el móvil e irrumpe alguien insistiéndote el pensamiento correcto. Sin matices. Porque los matices no son trending en el escaparate de la viralidad, que nos ha arrastrado a naturalizar la perversa idea de dirigirnos a la gente como si no tuviera criterio propio. De ahí nacen tantas desconfianzas, tantas conspiraciones, tantas desafecciones: de la narrativa de mitin que se ha propagado en los vídeos cortos y que pone a la defensiva. Incluso cuando está repleta de buenas intenciones. Menos mal que siguen existiendo las pelis y las funciones teatrales como resguardo para las emociones que están por encima de las peroratas, sermones y discursos intentando convencer. Con lo bonito que es la experiencia de conocer con la mente libre de susceptibilidad.Cuánto hemos aprendido tragando lágrima en una sala de cine, con qué ganas esperábamos -durante siete días, ¡siete días!- al capítulo siguiente para descubrir el giro de guion de aquella serie, qué cosquilleo nos despertaba el telón elevándose al cielo del teatro. Sigue sucediendo. La cultura es el acontecimiento especial del día. El evento que requiere su paciencia, su tempo, su compromiso, su libertad, su magia. Para los que lo interpretan y para el propio público, que cuando acaba la obra puede completar las sensibilidades de los personajes al gusto de sus expectativas. La poderosa imaginación siempre es nuestra aliada.El gran ocio es el que se transforma en parte de nuestra memoria cuando despierta el superpoder de la empatía. Lo consigue con el arte de descubrirnos otros mundos que, a veces, están al cruzar el rellano de nuestra escalera. Y ni siquiera los vemos. Pero la evolución de las redes sociales, con toda su maravillosa creatividad, también ha inaugurado un nuevo entretenimiento que no requiere tanta liturgia. Solo irrumpe por nuestra mano, a través de nuestro móvil. Vídeos cortos que vienen tan rápido como se van, en donde los discursos se han transformado en una nueva manera de esparcimiento. Porque en la hiperbrevedad del consumo que requiere la viralidad, el algoritmo premia las proclamas más simples, impactantes y militantes. Y las tertulias de la tele, enganchadas a los tuits y a los tiktoks, dejan de debatir con argumentos para intentar hacerse virales con zascas. Recibimos todo resumido, sintetizado, subrayado, irritado y sin tregua. Así, paradójicamente, tenemos más información que antes. Pero estamos más aturdidos que nunca. Ante este estruendo digital, la ficción elaborada sigue siendo el refugio a la rutina. Tal vez porque se sustenta más en la práctica y menos en la teoría. Tal vez porque las buenas historias no necesitan gente machacándote con una única forma correcta de pensar. Las buenas historias muestran gente intentando ser. Gente intentando la vida.
La plaga de la gente que todo el rato nos habla como si no tuviéramos criterio propio
Se ha naturalizado el predicador como entretenimiento al que aspirar.











