Pluma invitadaLas redes sociales, las noticias instantáneas, las tendencias efímeras y la agitación continua convierten lo urgente en una tiranía.
Hace unos días intenté conectar mi teléfono a la televisión mediante AirPlay para ver el Mundial. Lo único que conseguí trasmitir fue mi ignorancia tecnológica. Al menos el espectáculo sirvió para entretener a algunos, que lo encontraron bastante más divertido que el encuentro que intentábamos ver. Durante unos minutos me convertí en el centro de las bromas. Cada vez me ocurre con más frecuencia. Basta con que pregunte por una aplicación, una nueva tendencia o alguno de esos vídeos que de pronto se vuelven virales para que queden al descubierto no solo mis lagunas digitales, sino también los años que ya voy teniendo.
Sin embargo, el paso del tiempo tiene una curiosa ventaja. Uno deja de saber algunas cosas, pero empieza a sospechar que no todas las cosas merecen ser sabidas con la misma urgencia. Hay una edad en la que resulta difícil distinguir entre lo importante y lo simplemente novedoso. Más adelante, en cambio, comenzamos a descubrir que muchas de las cuestiones que ocupan nuestra atención durante semanas desaparecen sin dejar rastro, mientras que las preguntas verdaderamente decisivas permanecen.








