Nadie piensa de sí mismo que quiere obedecer. No de forma explícita, claro. Vivimos rodeados de discursos sobre autenticidad, libertad individual y pensamiento crítico. Todo el mundo quiere sentirse diferente, independiente, dueño de su propia mirada sobre el mundo. Pero luego uno entra en internet cinco minutos y empieza a notar algo raro. Millones de personas hablando igual, indignándose igual, obsesionándose con las mismas cosas, utilizando las mismas palabras, intentando construir una identidad perfectamente coherente todo el tiempo. Y quizá ahí hay algo más profundo que una simple moda cultural. Creo que estamos cansados. Y honestamente tampoco me parece tan raro. La libertad real desgasta muchísimo más de lo que imaginábamos. Porque la libertad implica incertidumbre, responsabilidad, aceptar que quizá nadie va a venir a decirte exactamente quién eres o cómo deberías vivir. Y eso produce bastante vértigo. Vivimos en una época donde todo parece depender de uno mismo. Tu carrera, tu cuerpo, tu ansiedad, tus relaciones, tu identidad, tu forma de pensar, incluso tu manera de descansar. Todo tiene que estar trabajado, explicado y más o menos optimizado. Ya no basta con vivir. Además hay que saber narrarse.