Salvo cuando me toca escribir del tema a tonto pasado, creo que en mi vida no habré visto ni dos minutos de El hormiguero, lo que demuestra por qué el programa de Pablo Motos lleva casi veinte años en antena. Entre las músicas que detesto, los libros que aborrezco y las películas que me dan asco, podría extraerse, salvo ciertas excepciones, el canon cultural de las últimas décadas. Con mi mal gusto crónico se fabrica uno sin muchos problemas una radiografía ideológica de lo que va de milenio, un negativo de grandes éxitos que va de Dan Brown a Juan del Val y de Bad Bunny a Christopher Nolan, pero también de Trump a Ayuso y de Rafa Nadal a Vinicius.PublicidadLa televisión, sin embargo, ya no la veo mucho, por no decir que no la veo prácticamente nada, salvo películas, documentales y algún que otro partido de rugby. Tal vez porque me vacuné desde pequeño, sentado frente a la pantalla a todas horas, una sobredosis audiovisual de la que todavía me estoy quitando. Hace poco fui al oftalmólogo porque de vez en cuando me lloran los ojos y no fui capaz de confesarle que a lo largo de mi vida habré pasado tres o cuatro años completos tostándolos frente al televisor. Temo echar cuentas de todo el tiempo que he perdido mirando gilipolleces porque en lugar de un epitafio iban a ponerme una carta de ajuste.Aunque los médicos nos aseguran que exponerse sin protección a los rayos solares puede provocar diversas enfermedades graves, que yo sepa, todavía no hay ningún especialista dedicado al daño que hace la televisión. En casa todo el mundo tiene un sol en miniatura, e incluso hay gente que lo deja encendido todo el día para que le haga compañía, sin distinguir entre informativos y desinformativos, programas de cocina y canibalismo en general. Sin embargo, hasta la fecha nadie ha inventado unas gafas que discriminen la telebasura, menos aún una crema protectora contra Pablo Motos, que no ceja en su empeño de convertir el electrodoméstico más inútil del hogar en un auténtico agujero negro.Por lo visto, El hormiguero cuenta desde sus inicios con una serie de colaboradores que ilustran al público sobre diversas cuestiones de Física y Química mediante experimentos científicos. Quizá para compensar, quizá para equilibrar la sección mediante un contrapeso, Motos recurre de vez en cuando a un magufo que pone en tela de juicio diversos consensos. En su incansable oda al analfabetismo, lo mismo lleva a Paz Padilla a hablar de vacunas que a Miguel Bosé denunciando la dictadura de lo políticamente correcto. Con lo sobradas que van las neuronas del presentador y de ciertos entrevistados, pocos lugares habrá más adecuados que el plató de El hormiguero para dirimir el problema de la libertad de pensamiento.El invitado del otro día fue Marcos Llorente, un futbolista que cuestiona la incidencia del sol en el cáncer de piel con la misma solvencia que tendría un dermatólogo titulado dando patadas a un balón en un partido de la Champions. De hecho, lo lógico sería que la próxima semana invitaran a un médico que analizara en profundidad el próximo campeonato mundial de fútbol. Ante las críticas de Motos, que por momentos parecía hasta sensato, Llorente dice que él lo siente así y pregunta “cómo se mide eso”. Puesto que tanto la afirmación como la pregunta requerirían de un título en Medicina -o de un graduado escolar en condiciones-, lo mejor será confiar en su papo. Hubo una época en que los tontos certificados tenían el pudor de reconocer humildemente sus límites, pero, en caso de no hacerlo, las risas se circunscribían a la plaza del pueblo. Ahora que vivimos en la era de la estupidez, Pablo Motos les presta un megáfono. Llorente asegura que hay que exponerse al sol poco a poco, entonces el cuerpo se va adaptando a la radiación y no pasa nada ni por fuera ni por dentro, ni en la piel ni en la cabeza. Se ve que más de uno ya está haciendo la fotosíntesis.
Un tonto al sol
El invitado del otro día a El Hormiguero fue Marcos Llorente, un futbolista que cuestiona la incidencia del sol en el cáncer de piel












