Basta con mirar de reojo los movimientos políticos de nuestra clase dirigente para notar que nos encontramos frente a nuevos ensayos del espectáculo pugilístico al que nos hemos acostumbrado. La política no es solo un enfrentamiento entre opuestos, sino también pan y circo. Para Carl Schmitt, lo político se determina por la distinción amigo-enemigo. Desde esta óptica, un grupo político se define por quién identifica como adversario más que por sus propuestas; al señalar a un rival –sea la casta, la élite, el empresariado, el populismo o el 95% de algo–, el grupo fortalece su cohesión interna y la identidad política se vuelve reactiva: no solo soy lo que el otro no es, sino lo que ese otro detesta. Ernesto Laclau retomó parte de esa lógica al señalar que muchas identidades políticas se construyen articulando demandas dispersas alrededor de antagonismos comunes. Así, más que organizarse exclusivamente en torno a programas o ideas, amplios sectores terminan enlazándose a partir del rechazo compartido hacia un adversario. El enemigo deja de ser apenas un actor político para convertirse en condición de existencia del propio espacio.
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