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La polarización es una estrategia de movilización política que reduce a la sociedad y sus conflictos en una contienda binaria para ganar elecciones. En sociedades funcionales, se agita en campaña, enfrenta a los electores en torno a una disputa y se disipa después de cada elección, cuando gobernar obliga a incorporar los intereses de quienes perdieron. La estrategia es conocida: polarizar para ganar, pero después abrir el juego para gobernar. El problema es que en Colombia no se sigue ese ciclo.

La polarización nuestra es sostenida y, como la definen McCoy y Somer, perniciosa. La polarización perniciosa sigue un proceso establecido: arranca con la activación política basada en identidades; pasa por la construcción de bloques que agrupan demandas en un eje común; se sirve del conflicto para promover desconfianza y hostilidad; traba un contraste moral con el adversario para quitarle su legitimidad; y desemboca en el auto-reforzamiento en el que cada acción de un lado confirma los temores del otro.

El eje de división puede derivarse de referentes religiosos, étnicos, raciales, sociales, ideológicos o culturales. La polarización colombiana, en este momento de nuestra historia política, se estructura en torno a la división izquierda/derecha. Estos bloques, que se excluyen mutuamente, convierten a los dos polos en enemigos acérrimos, lo que erosiona las bases de la convivencia. Ser de izquierda o de derecha se ha vuelto una etiqueta totalizante, usada tanto por “ellos” para estigmatizar a los malos como por “nosotros” para identificar a los buenos. Los bloques no son solo manifestación de un desacuerdo ideológico intenso, sino una forma de división artificial que amenaza la democracia y reduce de manera radical la complejidad social.