Al granoAunque parezca mentira, hay quienes sacan provecho de la polarización.
En las últimas décadas, la sociedad parece haberse fracturado en tribus irreconciliables. Cada bando ve al otro no como rival político, sino como amenaza existencial. Sin embargo, esta polarización tan aguda no ha surgido solo de diferencias naturales de ideas ni ha sido sólo un proceso social espontáneo. En buena medida ha sido alimentada, y a veces fabricada, por actores políticos que encuentran en ella un provecho claro.
La estrategia es conocida: construir una imagen distorsionada del contrario. No se discute con argumentos el programa del adversario; se crea una caricatura de él. Se le presenta como enemigo de todo lo valioso: enemigo de la libertad, de la igualdad, del progreso, de la tradición o del futuro, según convenga. Esa imagen incompleta, sesgada y maliciosa cumple su propósito: genera miedo, activa lealtades emocionales y moviliza votos. La confrontación deja de ser un choque de proyectos para convertirse en una batalla entre el bien y el mal, maniqueísta, blanco o negro. Y en esa narrativa simplificada, el espacio para el matiz desaparece.
Quien observa con honestidad reconoce que en toda sociedad democrática conviven distintas formas legítimas de entender la condición humana. Hay quienes priorizan la libertad individual y la responsabilidad personal; otros, la solidaridad colectiva y la corrección de desigualdades. Unos valoran la tradición y la continuidad cultural; otros, la innovación y el cambio acelerado. Dejando fuera los extremos, ninguna de estas visiones es absurda por sí misma. Todas han producido logros y errores a lo largo de la historia. El problema no está en su existencia, sino en la animosidad con que se enfrentan.






