En política, hay momentos en los que los hechos importan menos que la atmósfera. España vive precisamente uno de esos periodos. El debate público aparece dominado por una sensación de desgaste permanente y ruido político continuo que proyecta la idea de un país bloqueado. Pero la paradoja es que conviven dos realidades distintas: una percepción pública de inestabilidad y, al mismo tiempo, una notable capacidad de resistencia institucional del Gobierno.

El “caso Zapatero” ha intensificado esa sensación de agotamiento. No solo por los indicios o por el impacto mediático del sumario, sino porque cada nueva filtración alimenta un clima de sospecha difícil de gestionar políticamente. La estrategia de silencio del expresidente —comprensible desde el punto de vista procesal— tiene, sin embargo, costes evidentes para La Moncloa. En política, los vacíos comunicativos rara vez permanecen desocupados: los invade el adversario, el marco mediático o la especulación.