Se supone que los políticos leen las encuestas con más atención que cualquiera de nosotros. Parece, sin embargo, que solo les interesa de ellas su posición relativa respecto de las de sus contrarios. De lo que no se enteran —o no quieren enterarse— es de lo que la mayoría de la población piensa de su profesión, de qué tan bajo ha caído la confianza en la política, ya se trate de la que practica el Gobierno como la oposición. Miren las encuestas, los datos de desconfianza hacia la política institucional lo reflejan con una crudeza espectacular. No se trata de rellenar de porcentajes esta columna, pero, créame, recuperar la fe en la política se ha convertido en la necesidad más acuciante para la supervivencia y el mejoramiento de los sistemas democráticos. Aquí y en otros lugares.

Esto por un lado. Por otro, basta perseguir mínimamente la política nacional para tomar conciencia enseguida de que han elegido la vía más rápida para impedir que se cierre esta brecha. El reciente caso Leire/Dolset/Aldama como espectáculo del absurdo político parece haber sido diseñado desde el Kremlin para desprestigiar nuestro modelo político. No se entiende, por tanto, que no se tomaran antes medidas contundentes y cayeran cabezas en el propio organigrama del PSOE, por ejemplo. Ya se tardó en el caso Koldo/Ábalos y de esos polvos vienen estos lodos. Nada como un reset cuando el ordenador no responde. Si la intención de Sánchez es, en efecto, culminar la legislatura, la situación pide a gritos una crisis de gobierno y otra forma de enfrentarse a los escándalos. Sobre todo, porque opaca cualquier otra actividad que emprenda.