Entro en la biblioteca de mi barrio y pienso que me he equivocado y estoy en una tienda de Apple con las luces fundidas. Miro alrededor y no veo un solo libro encima de las mesas. Bueno, sí los hay, claro, miles, pero están detrás, en las estanterías, como los invitados a una boda que saben perfectamente que nadie los va a sacar a bailar. Delante de cada estudiante hay un portátil, una tablet o las dos cosas a la vez. Recuerdo venir aquí a estudiar y tener delante unos apuntes, un código o una novela que te absorbía durante horas. Ahora el mundo entero cabe abierto en una pantalla. Allí dentro están los apuntes de Derecho Romano, una guerra, el vídeo de un señor explicando cómo ganar diez mil euros al mes sin trabajar y el presidente del Real Madrid bailando una conga. Todo a la vez. Todo peleando por entrar en la cabeza de un veinteañero. Empiezo incluso a entender por qué Donald Trump quiere tener una Biblioteca Presidencial en la que no hay ningún libro. Igual simplemente se está adelantado al futuro. De pronto, escucho un golpe detrás de mí y veo a María Moliner saliendo literalmente de su diccionario con una indignación acumulada durante décadas. Empieza a caminar entre las mesas repartiendo 'berzotas', 'badulaques', 'pisaverdes' y 'catacaldos' a varios estudiantes que alternan sus apuntes con Instagram. Hemos llenado las bibliotecas de gente conectada a todo menos a lo que tienen delanteEn ese momento, aparece Hipatia de Alejandría completamente fuera de sí, preguntando dónde guardan la gasolina y mascullando que, visto en qué ha terminado todo, esta vez sí merece la pena prender fuego a la biblioteca entera. Pero justo antes de que le robe el mechero a un estudiante que la mira y busca alrededor las cámaras de algún influencer bromista, aparece mi paisana Irene Vallejo saliendo de un ejemplar de El infinito en un junco y consigue sujetarla a duras penas, mientras le explica que las bibliotecas siempre sobreviven, aunque cambien de forma. En la sección de novela histórica, Pérez-Reverte le roba la espada a Alatriste y se dirige furioso hacia un mozalbete incapaz de escribir una nota en un pósit amarillo a la chica de enfrente porque ahora, el amor consiste en mandar un corazón azul al iPad mediante una aplicación diseñada en Silicon Valley. Más allá, Quevedo y Góngora se culpan mutuamente de que el Siglo de Oro haya desembocado en un opositor viendo vídeos que explican que llevar un libro en el metro te puede hacer parecer más atractivo. Y yo, viendo todo aquello, solo deseo que en cualquier momento se abra la Biblia y aparezca Jesucristo dispuesto a lanzar tablets contra el suelo como cuando expulsó a los mercaderes del templo con menos argumentos.Y ahí es cuando entiendo que nada de todo esto ha pasado realmente, que toda esta escena absurda solo ha ocurrido dentro de mi cabeza. Y también comprendo que mi cabeza funciona así precisamente porque durante años me senté en esta biblioteca a leer libros, muchísimos libros. Libros que luego seguían viviendo dentro de mí cuando los cerraba. Porque antes cerrabas un libro y abrías algo dentro de la cabeza: la imaginación. Ahora hacemos justo lo contrario. Abrimos pantallas para no tener que quedarnos solos con nuestros pensamientos. Y quizá ese sea el verdadero problema. No que los jóvenes ya no lean a Cervantes, sino que cada vez cuesta más encontrar a alguien capaz de concentrarse diez minutos seguidos sin mirar una notificación, como un hámster esperando pellets de dopamina. Miro alrededor una última vez y veo decenas de caras iluminadas por la luz azul, inmóviles, hipnotizadas, como si cada mesa fuese una pequeña hoguera moderna alrededor de la que ya no nos contamos historias: solo las consumimos. Y entonces me fijo en el cartel más mirado de toda la biblioteca. No es una cita de Cervantes ni de Irene Vallejo ni siquiera el horario de préstamo. Es un folio plastificado con la contraseña del wifi. Y pienso que quizá ahí está resumido todo un cambio generacional: hemos llenado las bibliotecas de gente conectada a todo, menos a lo que tiene delante.