Los lectores y las lectoras escriben sobre la brecha digital que sufren los mayores, la guerra en Oriente Próximo, el futuro de los jóvenes y los sueños de infancia
Parece que en 2026 hemos aceptado, sin debate previo, que para ser ciudadano de pleno derecho es obligatorio el uso del teléfono inteligente. Desde consultar la carta de un restaurante mediante un código QR hasta realizar gestiones bancarias o administrativas básicas, la digitalización ha pasado de ser una herramienta de ayuda a convertirse en una barrera infranqueable. No cuestiono el progreso, pero sí la falta de alternativas. Estamos condenando a la invisibilidad a una generación que no creció con pantallas y a todos aquellos que, por elección o necesidad, reivindican el trato humano. La eficiencia no debería estar reñida con la cortesía ni con la inclusión. Una sociedad que olvida lo analógico corre el riesgo de volverse tan fría como un algoritmo.
Marc Mestre Solé. Barcelona
Uno de mis tíos me contaba que, durante nuestra Guerra Civil, su padre, que era topógrafo, les señalaba en un mapa a sus hijos, cómo se iba moviendo el frente de uno y otro bando. Por medio de alfileres y banderitas les indicaba dónde se producían los enfrentamientos más importantes y las batallas más decisivas. También, los lugares donde más bajas se producían. Los colores de las banderitas eran diferentes según lo que quisieran resaltar. Casi toda una vida después, vuelve a suceder. Cada noticia de las demasiadas guerras en activo me hace buscar en mapas dónde suceden las tragedias de niños muertos, hospitales destruidos, escuelas arrasadas, cadávers apilados... No hace falta que ponga señales de colores diferentes. Ya se encargan de ello los medios que leo. Y esas manchas de muerte y desastres se las explico a mis nietos, quienes, a su vez, dentro de unos años, quizás se las tengan que explicar a los suyos. Y todo esto me da mucha pena. Y mucha vergüenza.






