Las personas mayores se ven obligadas a adaptarse a las nuevas tecnologías, con el temor de quedar excluidas si no lo logran
La revolución digital que vivimos es constante, permea cada vez más aspectos de nuestra vida cotidiana y, al mismo tiempo, deja atrás a una parte creciente de la población. En particular, las personas mayores enfrentan una doble presión: por un lado, la necesidad de adaptarse a nuevas herramientas y servicios; por otro, la sensación de que, si no lo hacen, se quedan fuera o pierden autonomía para actividades para las que hace no tanto, eran autosuficientes.
Lo he visto de cerca con mis padres. Personas activas, con sus rutinas, con vida social, y en perfectas capacidades cognitivas. Conducen, van al gimnasio, al teatro, viajan… Pero cada vez con más frecuencia cierto tiempo surge un momento de tensión o frustración: la aplicación que hay que descargar para hacer cualquier gestión, las innumerables contraseñas, los certificados digitales que hay que validar… Cada interacción digital se convierte en un pequeño obstáculo, no por la tecnología en sí, sino por un diseño no inclusivo y la ausencia de alternativas humanas y comprensibles. La sensación de incapacidad que esto genera es real y afecta directamente a su autonomía.






