Ya lo han visto. La polémica de María Pombo sobre la lectura ha demostrado la capacidad que tienen hoy las redes sociales para fijar un debate en la conversación pública. La influencer desempolvó —tal vez sin sospecharlo— una querella antigua que Platón inauguró en Fedro y que más tarde John Stuart Mill elevó a un problema de alcance universal. Preguntarse si leer nos hace mejores, o si resulta más noble fatigar las páginas de T. S. Eliot que las de la prensa rosa —aunque nadie nos obligue a elegir— equivale, en el fondo, a indagar si existen formas culturales capaces de elevarnos. Dicho de otro modo: si hay prácticas que, como quería Cicerón con su cultura animi, logran cultivar no ya el intelecto, sino el espíritu entero.
De este asunto se ha escrito mucho y con tino, también en las páginas de este periódico. Pero hay una arista del debate que suele quedar desatendida, y que, sin embargo, resulta crucial: la fuerza emancipadora que encierra, por sí sola, la lectura. Aunque siempre nos tiente opinar a golpe de intuición, contamos con estudios rigurosos que muestran algo sencillo y radical: tener libros en casa es uno de los predictores más fiables del nivel educativo que alcanzarán nuestros hijos.






