La acumulación de incidentes con drones rusos en el espacio aéreo de varios países del flanco este de la OTAN llevó a la Alianza a una conclusión incómoda: no podía seguir derribando aparatos de unas pocas decenas de miles de dólares con misiles de millones. Ese desequilibrio fue una bofetada de realidad para la OTAN y la Unión Europea, aunque para Ucrania, metidos de lleno en su cuarto año de guerra contra Rusia, no tenía nada de nuevo. Bruselas tiene una hoja de ruta para defenderse de una posible agresión militar en 2030, y afronta, entre otros, dos grandes problemas: coste y escala. El problema de los drones es especialmente nuevo, muy vinculado al conflicto en Ucrania. Es un cambio con muchas repercusiones y las capitales todavía están aprendiendo a gestionarlo. Pero el problema de costes para los europeos va mucho más allá. La producción europea de armamento es mucho más cara que la de sus aliados, como Estados Unidos, y sus rivales, como Rusia. Para muestra, un botón. Alemania y EEUU han encargado un número parecido de vehículos ligeros de infantería: unos 1.500 Berlín y unos 1.700 Washington. La diferencia está en la factura: 900 millones de dólares para Alemania, frente a 340 millones para EEUU. Cada Caracal —de fabricación alemana— costará unos 600.000 dólares; cada ISV estadounidense, unos 200.000. En conjunto, Berlín pagará un 165% más por un pedido un 12% menor. En una entrevista con el Financial Times esta misma semana, Andrius Kubilius, comisario de Defensa, ha pedido a los miembros de la UE cambien de mentalidad respecto a su producción militar. “Los europeos producen lo que ellos denominan ‘alta costura’. Se trata de una producción tecnológicamente muy sofisticada, muy avanzada, muy cara e imposible de ampliar. Los ucranianos producen lo que esas industrias europeas denominan 'suficientemente bueno'", ha indicado Kubilius en una conversación con el periódico británico. El problema es de sobra conocido. La fragmentación del mercado interior militar y el nacionalismo industrial de los distintos Estados miembros, que buscan proteger a sus grandes empresas de defensa, son dos de los principales problemas. La Comisión Europea lleva tiempo empujando para resolver algunas de estas cuestiones. Una estrategia de defensa publicada en 2024 busca aumentar las licitaciones conjuntas, los equipos adquiridos en territorio europeo y el reforzamiento del mercado interior militar para municiones, drones y defensas aéreas. El Ejecutivo comunitario prepara una propuesta para julio con la que espera armonizar normas dentro del mercado europeo en materia de contratación pública. Cambio de mentalidad Otro de los problemas tiene que ver con un cambio de mentalidad muy delicado. Como apuntó en 2025 un informe conjunto realizado entre Bruegel y el Instituto de Seguridad Kiel titulado ¿Preparados para la guerra en 2030?, “la adquisición de impresoras 3D para la producción en masa de drones podría resultar más eficaz que el desarrollo de nuevos sistemas de armamento avanzados, pero exigirá romper con las tradiciones”. Los autores añaden un argumento adicional para Bruselas: si no se cambia el modelo, los 800.000 millones de euros que se ha calculado que va a costar el rearme europeo de cara a 2030 no serán suficientes. El enfoque económico también es clave desde la perspectiva militar. El que tenga el material más caro lleva las de perder, porque su destrucción requiere de un esfuerzo fiscal mucho mayor para cubrirse, lo que tensiona más las cuentas del país en guerra. Un artículo de los expertos Wolfgang Müller y Sergej Sumlenny lo explica de forma clara: un dron de menos de 300.000 dólares hundió el patrullero ruso Sergey Kotov, de 65 millones de dólares. Señala, además, como en el frente de guerra ucraniano el uso de drones kamikaze tiene una lógica económica, buscando sacar la máxima rentabilidad a los aparatos de 500 dólares para atacar cualquier objetivo que cueste más del doble. Mümin Ahmedoğlu, investigador de la Universidad de Viena especializado en licitaciones militares, explica que, tras la Guerra Fría, la industria de defensa europea se centró en el avance tecnológico, reduciendo “la atención prestada al volumen de producción, las reservas y los arsenales de munición”. Esta carrera tecnológica, además, ha aumentado la complejidad de las cadenas de suministro, aumentando la vulnerabilidad de la industria. La guerra de Ucrania y la campaña contra Irán demuestran que “el éxito operativo sigue dependiendo de una capacidad de producción sólida, reabastecimiento rápido de municiones y cadenas de suministro resilientes”. “Estos recientes acontecimientos han suscitado inquietudes sobre la capacidad de Europa para soportar un conflicto prolongado y de alta intensidad”, señala el investigador. El énfasis en la innovación responde también a una elección industrial. La innovación en seguridad y defensa suele trasladarse a otros sectores económicos. La producción en masa de material barato, en cambio, tiene un efecto más limitado. Los autores del informe de Bruegel y Kiel señalan los planificadores militares deben equilibrar tres necesidades al mismo tiempo. Primero, cubrir las carencias en armamento convencional. Segundo, invertir en tecnologías avanzadas ya disponibles, como los F-35. Y tercero, anticipar las tecnologías que pueden transformar el campo de batalla y dejar obsoletos incluso sistemas hoy considerados sofisticados. La clave, por tanto, está en combinar volumen, coste e innovación tecnológica. Más madera Esta semana también se ha sabido que nueve de los dieciocho países que participaban en la iniciativa liderada por República Checa para entregar munición a Ucrania han abandonado la plataforma. Lo han hecho, eso sí, después de un cambio de Gobierno que ha llevado al populista de extrema derecha Andrej Babis al puesto de primer ministro, lo que arrojó muchas dudas respecto a si Praga mantendría su compromiso con la iniciativa. El problema de la munición ha sido otro de los claros ejemplos en los que Europa ha tenido que abrir los ojos a una nueva realidad. Pero aquí sí está respondiendo. Rheinmetall, la compañía alemana de defensa, ha construido en poco más de un año una fábrica con la que espera producir 350.000 proyectiles de artillería al año a partir de 2027. Su CEO también ha cifrado en unos dos millones de proyectiles al año la producción actual de Europa, frente a los entre cuatro y cinco millones de Rusia. La Unión Europea ya tiene una iniciativa, ASAP, destinada a estimular la inversión en munición, y Kubilius ha planteado la posibilidad de crear una reserva estratégica europea de munición para ofrecer contratos a largo plazo a la industria. La realidad es que el nacionalismo industrial en defensa está en el centro de la cuestión. Los Estados miembros siguen queriendo proteger a su industria. La iniciativa FCAS entre Alemania, Francia y España es un ejemplo claro, con un pulso permanente entre Airbus y Daimler por el control del proyecto que está amenazando la viabilidad del mismo. En este mismo sentido, Kubilius ha defendido esta semana en su entrevista el proyecto espacial BROMO de Airbus (Alemania), Thales (Francia) y Leonardo (Italia). “Ahora bien, cómo mantener un entorno competitivo a nivel nacional (con la aparición de gigantes europeos) es siempre un tema delicado, pero creo que eso no debería suponer un obstáculo para que podamos hacer crecer a algunas de nuestras empresas líderes”, ha defendido. La acumulación de incidentes con drones rusos en el espacio aéreo de varios países del flanco este de la OTAN llevó a la Alianza a una conclusión incómoda: no podía seguir derribando aparatos de unas pocas decenas de miles de dólares con misiles de millones. Ese desequilibrio fue una bofetada de realidad para la OTAN y la Unión Europea, aunque para Ucrania, metidos de lleno en su cuarto año de guerra contra Rusia, no tenía nada de nuevo.
Menos armas de 'alta costura' y más bazar: el pulso de la UE por simplificar su armamento
La Comisión prepara un plan para reducir la fragmentación del mercado interior militar de la UE, con un enfoque que pase de material caro y sofisticado a barato y efectivo















