Hay demasiadas cosas que añorar en un mundo en el que nada debería ser añorado. De ahí que yo me pregunte si este mundo merece realmente mi nostalgia”. La cita proviene de En las cimas de la desesperación, obra del pesimista más cabezota de la literatura occidental, Emil Cioran. Pues bien, este mes de mayo unas 30.000 personas en Bilbao y más de 100.000 en Barcelona le llevaron la contraria a Cioran, demostrando a grito pelado que sí existen cosas sobre la tierra que merecen nuestra nostalgia. Me refiero a los conciertos de regreso de El Último de la Fila y La Oreja de Van Gogh con sus formaciones originales (o casi) tras varias décadas fuera de circulación.Estas giras de reunión forman parte de un fenómeno más amplio que Simon Reynolds abordó en su ensayo Retromanía. La adicción del pop a su propio pasado. El libro se ocupa de la querencia por el revival y el refrito que caracterizó a la primera década del siglo XXI, pero sus análisis son perfectamente aplicables —más aún— a nuestros días. A Reynolds le preocupa que la música popular, invadida por las fuerzas regresivas de la nostalgia, se esté debilitando. Y por ello lanza una pregunta: “¿Puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura musical sea… su pasado?”. No pretendo aquí responder a semejante cuestión. Dispongo de poco espacio, por lo que será mejor que me centre en una pregunta más modesta: ¿por qué vemos a tantos artistas musicales que resucitan o despiertan del coma?Para empezar, porque la industria del entretenimiento es conservadora. En un mercado tan volátil, los ejecutivos prefieren minimizar el riesgo de sus inversiones, así que apuestan por variaciones de productos que ya han funcionado previamente más que por otros que resulten de verdad novedosos. De ahí que se lancen tantas películas y series que son remakes, secuelas, precuelas o spin-offs de otras que se demostraron exitosas con anterioridad. De ahí que Spotify, aunque se jacte de descubrirnos nueva música, en realidad nos recomienda canciones que son lo más parecidas posible a las que ya nos han gustado. La fiebre por el retorno de viejas glorias puede verse como otra manifestación de esta lógica económica tradicionalista.No es casual que la mayoría de los grupos que anuncian a bombo y platillo su vuelta a los escenarios alcanzaran su cima de popularidad en la década de los noventa y alrededoresLos artistas, claro está, tampoco escapan al embrujo del dinero. No niego que en su decisión de volver a pisar los escenarios puedan influir el entusiasmo, la amistad y otros nobles propósitos. Pero resulta difícil no salivar cuando te ofrecen cachés superiores a los que cobraste en tus años de esplendor. Recordemos la reunión de Oasis y cómo el parné fue capaz de ablandar a dos hermanos largo tiempo empeñados en echar pestes el uno del otro. O, yendo más atrás, recordemos el caso de los Pixies, una demostración de que rejuntarse no implica reconciliarse: sus dos líderes solo tenían relación encima del escenario, fuera del cual se evitaban a toda costa y, me imagino, se retiraban a contar fajos de billetes cada uno por su lado.Sea como fuere, si las giras de regreso mueven tanta pasta es porque detrás hay una demanda muy sólida. En este punto voy a ponerme científico. La psicología académica nos ofrece una enseñanza muy útil para entender el negocio musical de la nostalgia: los seres humanos recordamos de forma muy sesgada. En concreto, está demostrado que nuestra memoria autobiográfica privilegia descaradamente los recuerdos de cuando teníamos entre 15 y 25 años. Es en esta etapa, que se conoce como pico de reminiscencia (reminiscence bump), cuando queda registrado un mayor número de vivencias, las cuales, además, poseen una mayor carga emocional.No es casual, pues, que la mayoría de los grupos que anuncian a bombo y platillo su vuelta a los escenarios tras parones prolongados (en los últimos tiempos tenemos, además de a Oasis, La Oreja de Van Gogh o El Último de la Fila, a Linkin Park, Radiohead, No Doubt, Guns N’ Roses, Pantera, The Smashing Pumpkins o Blink-182) alcanzaran su cima de popularidad en la década de los noventa y alrededores. Es decir, justo en el pico de reminiscencia de los que ahora son cuarentones y cincuentones.Y es que, como señala la evidencia empírica, las personas de mediana edad presentan una marcada preferencia por las canciones que les hicieron disfrutar durante su entrada a la vida adulta. No falla: quien se queja del reguetón y suelta eso de que “la música de antes era mejor”, suele referirse a la música que escuchaba, qué casualidad, cuando palabras como hipoteca, alopecia o menopausia aún no formaban parte de su vocabulario cotidiano.Merece la pena, para cerrar, desempolvar de nuevo a Cioran. En las cimas de la desesperación nos brinda una interpretación poética y, cómo no, sombría del mecanismo psicológico que acabo de señalar. La nostalgia, nos dice el pensador rumano, “revela el significado demoniaco del tiempo”, esto es, el efecto implacable que la edad tiene en nosotros. Para Cioran, el acto de añorar “expresa en un nivel afectivo un fenómeno profundo: el progreso hacia la muerte mediante el hecho de vivir”. Y sigue para bingo: “Siento nostalgia de lo que ha muerto en mí, de la parte muerta de mí mismo”.No puedo evitar fantasear: ¿qué pensaría Cioran si pudiera asistir a un concierto de La Oreja de Van Gogh? Más que en el escenario, se fijaría en el público. Y vería a un grupo de personas que, tras haber colocado a sus hijos en casa de los suegros, se reúnen para celebrar su propio envejecimiento. Un extraño aquelarre en el que los participantes, levantando una cerveza de siete euros en vaso de plástico, lanzan un grito sordo: ¡viva la muerte!Hans Laguna es sociólogo y músico. Su último libro es Yo siendo yo. El teatro de la autenticidad en las estrellas del pop (Anagrama).
Amaia Montero y la muerte
¿Qué hay detrás de la tendencia al ‘revival’ y la nostalgia musical? La evidencia demuestra que las personas de mediana edad presentan una marcada preferencia por las canciones que les hicieron disfrutar durante su entrada a la vida adulta












