La mitificación del pasado cultural es una patología común entre las élites intelectuales, y las nuestras no escapan a esa propensión, pero caen de cuatro patas cuando se trata de hablar de la Transición. Ahí se concitan todos los demonios contra el presente porque aquel pasado, ay, aquel pasado sí era de verdad exuberante, dialogante, pacífico, exigente y perdurable. En realidad, los protagonistas de la Transición no lo veían nada claro, o más bien muy oscuro, cuando la vivieron en directo: consideraban que la cultura española posfranquista entraba en una barrena abismal, incapaz de generar nada de valor, ensimismada, noqueada, estéril e impotente. Eso vale cuando menos para la cultura literaria, la novela, la poesía, etc., como si Eduardo Mendoza o Ángel González, Carmen Martín Gaite, Jaime Gil de Biedma, Juan Benet o Juan Marsé, no estuviesen por entonces escribiendo cosas que están vivísimas hoy mismo y que se habían desprendido sin miedo ni pesar de los restos de las sotanas y las casacas militares. Pero la percepción de la élite cultural era esa, desencantada porque la muerte del generalísimo Franco no había sido capaz de cuajar todavía en una producción cultural a la altura del ensueño, la expectativa o la ilusión del antifranquismo. Eran diagnósticos ampliamente compartidos por quienes llegaban a la fábrica de la democracia en la plenitud de su madurez, entre los cuarenta y los cincuenta, y a lo mejor ese es un factor clave para entender su desánimo.
La cultura española, por fin sin caspa
Itinerario errabundo y caprichoso por medio siglo de cultura, desde Carmen Martín Gaite, Pedro Almodóvar o Héroes del Silencio, a Rosalía, ‘El Ministerio del tiempo’, Los Javis, Marta Sanz, Javier Cercas o Elisabeth Duval






