Toda la historia es contemporánea, sostenía Benedetto Croce. Bajo su superficie paradójica, la frase esconde una verdad profunda: la historia es un campo de batalla en la guerra por el presente. Es decir, por el poder. Por eso nunca sabemos qué nos deparará el pasado, no hay nada tan imprevisible. Depende de las manos en las que caiga. En manos de la derecha española, la conquista americana, fenómeno de inabarcable complejidad, fue una misión liberadora que expandió una civilización virtuosa. El expolio y la muerte estorban a una narración destinada a glorificar el pasado imperial en un momento de efervescencia nacionalista. El mestizaje se exalta, sí, pero solo como superación de la barbarie precolombina.Pocos personajes se prestan mejor a estas simplificaciones que Hernán Cortés, que es noticia tras cerca de cinco siglos muerto porque Isabel Díaz Ayuso acaba de rendirle un homenaje en México, país en cuyo balance del conquistador prevalecen las sombras. A pesar de la polvareda originada, en realidad su reivindicación no es original. La presidenta se ha colocado esta vez a rebufo de Vox, partido para el que Cortés es una figura sagrada. En sus inicios como emprendedor ultraderechista, Santiago Abascal ya arengaba a su exigua militancia repitiendo una frase del expedicionario: “No vencen los muchos, sino los valientes”. En cuanto Vox cogió vuelo, convirtió a Cortés en “representante” por Badajoz —es literal— en su festival VIVA, en razón de sus méritos como “gran conquistador”, “táctico militar” y “notable empresario”.A raíz del 500º aniversario de la rendición de Tenochtitlan en 1521, Vox ha multiplicado sus honras a Cortés, figura a cuyo enaltecimiento ha contribuido como pocos Iván Vélez, director de la Fundación Denaes, de profunda influencia en el partido. Si Jorge Buxadé propuso a Cortés como nuevo rostro para el euro, Vox llevó al Congreso una iniciativa para —ojo— obligar a México a adecentar su tumba en una iglesia de la capital azteca. Lo merece Cortés, alegaba la moción, ya que España sacó a aquellas tierras “de la antropofagia, la esclavitud, los sacrificios humanos y la prehistoria tecnológica”. Contra todo pronóstico, tan respetuosa argumentación no llevó a los mexicanos a ir corriendo a pulir el sepulcro del prohombre.Aunque Ayuso ha pisado ahora terreno trillado, no debería preocuparse. La relectura histórica para su uso en la batalla cultural, fenómeno general en el que se inscribe su andanza mexicana, no es una moda pasajera. Tendrá nuevas oportunidades de buscar polémicas parecidas. El clima social lo incentiva. De hecho, desincentiva las declaraciones matizadas. Como pudo comprobar Felipe VI cuando reconoció algo tan elemental como que en la conquista hubo abusos, a cualquier balance histórico con una mínima dosis de autocrítica le espera el gruñido del graderío derechista.La línea roja es pedir perdón. Eso jamás. Un detector de identitarios exaltados debería pitar al notar la rabia frente a la sola idea de pedir perdón digamos en Francia por lo que hizo en Argelia, en Reino Unido por lo que hizo el imperio en las colonias o en España por la conquista de América. La prueba es la misma Ayuso, a la que le espantó que el papa Francisco mostrase contrición por los pecados de una conquista que —dijo ella— llevó a América “el catolicismo y por lo tanto la civilización y la libertad”. Siguiendo a la lideresa, antes del desembarco todo era salvajismo y esclavitud bajo el dios equivocado.El empeño revisionista es global. Coincidiendo con la cruzada capitaneada por Donald Trump contra el multilateralismo y la diversidad, la ola nacionalista está sometiendo la historia a tensión en todo el mundoEl empeño revisionista es global. Coincidiendo con la cruzada capitaneada por Donald Trump contra el multilateralismo y la diversidad, la ola nacionalista está sometiendo la historia a tensión en todo el mundo. Y este revisionismo no solo afecta a los grandes acontecimientos que combinan el esplendor con los horrores. Ningún evento queda a salvo. En Italia, el empeño alcanza a Via Rasella, el ataque de la resistencia romana a unos soldados nazis en 1944, que los fratelli ridiculizan como una cobarde emboscada desprovista de épica partisana. En Portugal, Chega anda de uñas con la celebración del 25 de abril, fiesta nacional por la revolución que tumbó el salazarismo en 1974, y se vuelca con el 25 de noviembre, por el fracaso del golpe de militares de izquierdas al año siguiente. Si las fechas son manoseadas, cómo no iban a serlo los personajes. Y mucho más recientes que Cortés. Mientras el ultranacionalismo húngaro rehabilita a Miklós Horthy, aliado local de Hitler, en India Narendra Modi reivindica al etnonacionalista hindú Savarkar, eterno sospechoso de participar en el complot que acabó con Gandhi.En España el lío se agrava cuando la dulcificación llega hasta el siglo XX, tan singular en un país cuyo dictador murió en el poderAsí que España no está sola en esta fiebre por la historia como arma política. Moldear próceres, toquitear fechas y fantasear con mapas —“Gran Israel”, “Gran Hungría”, “Gran Rusia”— para aquilatar argumentarios nacionalistas es una fijación global de las derechas nostálgicas. Eso sí, en España el lío se agrava cuando la dulcificación llega hasta el siglo XX, tan singular en un país cuyo dictador murió en el poder. Y se agrava aún más cuando el revisionismo no adopta la forma de una provocación verbal, sino que acaba en el BOE. Esto ha pasado en Extremadura, donde el PP y Vox sustituyeron la Ley de Memoria Histórica por otra de “concordia” sin alusiones a la “dictadura” ni al “golpe”. Ahora los dos partidos han acordado en su pacto de gobierno desarrollar al máximo la norma.Pues ahí va una idea para el PP y Vox: aprovechando que era extremeño, se podría levantar una estatua a Hernán Cortés como precursor de la “concordia” entre pueblos. Y que vengan a limpiarla los mexicanos, claro. Allí la propuesta no calará, pero hasta Ayuso envidiaría la polémica que se iba a formar.
Hernán Cortés o la “concordia” según el PP y Vox
La relectura histórica en la batalla cultural, fenómeno en el que se inscribe el viaje de Ayuso a México, no es una moda pasajera










