Ayuso viajó a México con una idea bastante castiza de América, o sea, cruzar el Atlántico para explicarles a los mexicanos quiénes fueron los españoles. Incluso explicarles a los mexicanos quiénes son los mexicanos en cuanto beneficiarios de una conquista que los civilizó y les enseñó el camino redentor de la cruz. La presidenta madrileña llegó con Hernán Cortés en la agenda y Nacho Cano aportando el equipaje intelectual. Hablaba de evangelización y mestizaje con esa seguridad que concede mirar la historia desde el patio de butacas. El musical ayuda mucho en estos casos. Ordena la culpa, ilumina al conquistador, sube la música en el momento adecuado y permite salir del teatro con la impresión de haber entendido cinco siglos sin estropear la cena. La realidad mexicana ofrece peor acústica. Allí Cortés incomoda de otra manera. Se discute en las aulas, en los libros, en las sobremesas, en las mañaneras y en los monumentos. También en la calle, que suele tener menos paciencia de cuanto sucede en un ensayo general. Ayuso penetró en ese ruido con una fórmula de escaparate paternalista. Evangelización y mestizaje. Dos palabras de domingo si se pronuncian lejos de los muertos. Y bastante menos dóciles cuando uno las acerca a la orilla de la conquista. El mestizaje puede celebrar la mezcla, aunque también delata una desigualdad. La evangelización puede invocar cultura, aunque llegó acompañada de obediencia. Ayuso prefirió la versión sin aristas. Esa en la que España aparece como una madre severa, algo incomprendida, que al final lo hizo todo por el bien de los niños. Cada imperio ha contado alguna vez esa mentira con buena caligrafía. El viaje llevaba escrito el malentendido desde el principio. Una presidenta autonómica puede promocionar Madrid en el extranjero, hablar de inversión, posar con empresarios y aburrir a quien corresponda con cifras de crecimiento. Cruzar el océano para abrir una bronca histórica ya pertenece a otro oficio. La política exterior española necesita menos temperamento y más Estado. Ayuso confundió la Puerta del Sol con una cancillería de bolsillo. Y el resultado se vio enseguida. Donde esperaba el aplauso encontró la memoria, y el viaje cambió de género. La reivindicación de Cortés dejó paso al parte de persecución. Ya no importaba tanto la conquista como el boicot. La presidenta regresaba antes de tiempo, así es que urgía envolver la retirada con épica suficiente para consumo interno. En Madrid siempre hay público para esa liturgia. El agravio viaja barato. Sale mejor de precio que la prudencia. Sheinbaum tampoco necesitó mucho talento para aprovechar el regalo. México lleva años administrando la conquista como asunto político de uso diario, a veces con razón, a veces con una insistencia que termina pidiendo clemencia. Pero Ayuso le entregó una antagonista perfecta. Española, conservadora, madrileña, exégeta de Cortés y convencida de que América esperaba otra conferencia sobre la grandeza civilizadora de España. Cualquier manual de polarización firmaría semejante reparto. Hay, además, una deslealtad institucional bastante seria debajo del sainete. Cuando una dirigente regional viaja fuera y habla como si representara una política exterior alternativa, el daño excede su agenda. México no distingue siempre entre el desplante autonómico y la torpeza española. Bastante difícil resulta la relación entre ambos países como para añadirle una gira de vanidad con aroma de virreinato. La aventura también encaja en una moda más grande. La derecha internacional ha descubierto que la conquista sirve como repertorio emocional. Colón vuelve en los discursos de Trump con aire de fundador mal entendido. Meloni habla de Occidente como quien barniza una vitrina familiar. Ayuso aporta la variante madrileña, más ruidosa, menos solemne, con Nacho Cano haciendo de profesor adjunto. Tanto más nostalgia cuanto menos futuro. Lo curioso del asunto aparece ahí. Invocan a Occidente mientras desprecian lo más decente que Occidente aprendió contra sus propios excesos. La duda, el límite, la conciencia del daño ajeno. Esa educación tardó siglos y todavía falta a clase con frecuencia. Ayuso decidió saltársela en un viaje oficial. Regresa con una derrota convertida en relato y expone una conspiración de la que se desprende haber estado en peligro. Habrá tertulias, adhesiones, carteles de desagravio y alguna lágrima patriótica de sobremesa. Todo servirá para disimular una evidencia sencilla. México ya estaba allí antes de Ayuso, antes de Cortés y desde luego antes de que la conquista se explicara en la Gran Vía con humo escénico. Puede que lo mejor del viaje mexicano de Ayuso consista en que, durante unos días, no intervino en la crisis del hantavirus. España puede agradecer esa tregua profiláctica. Bastante había con imaginar a la presidenta madrileña explicando la conquista en Ciudad de México como para añadirle una comparecencia sobre roedores, cuarentenas y aviones medicalizados. Cada país merece sus calamidades, pero conviene dosificarlas. Ayuso viajó a México con una idea bastante castiza de América, o sea, cruzar el Atlántico para explicarles a los mexicanos quiénes fueron los españoles. Incluso explicarles a los mexicanos quiénes son los mexicanos en cuanto beneficiarios de una conquista que los civilizó y les enseñó el camino redentor de la cruz.