No lo hace la industria ni las instituciones. Los responsables de investigar sobre la historia del disco en España son aficionados como Carlos Martín Ballester o Chemi López
Según la celebrada frase del novelista L. P. Hartley, “el pasado es un país extranjero, allí hacen las cosas de una forma diferente”. Lo he recordado mientras devoraba un libro voluminoso, El cante después del cante (La Droguería Music), de Chemi López. Lleva el subtítulo La era acústica 1878-1926 y es un estudio pormenorizado de las grabaciones de flam...
enco; funciona igualmente como fascinante panorámica del despegue de la industria discográfica española. Conviene matizar lo de “discográfica”: todo comenzó con los cilindros del inventor Thomas Alva Edison, luego superado por las placas (con una o dos caras grabadas) de Emile Berliner.
El asunto es que, según avanzaba en esa historia, advertía que aquellos padres fundadores no se diferenciaban mucho de los grandes disqueros que conocí en los tiempos bravos, antes de que los timones de las empresas pasaran a esos asépticos gestores que, escudados en su MBA, hoy cortan el bacalao. Tampoco se crean que tales pioneros eran seres de luz. Se trataba de aventureros, en muchos casos baqueteados en las colonias (Cuba, Filipinas), de comerciantes en óptica, juguetería, medicinas o, esa otra gran novedad, la fotografía. No faltaban los políticos, los militares, los vendedores ambulantes…






