El escritor y periodista Miguel López repasa en un ensayo la estrecha relación entre el ferrocarril y la música, y su papel clave en la difusión de ritmos como el blues y el flamenco
La vibración continua de las ruedas sobre los rieles, el chirrido de los frenos, el zumbido espeso cuando se entra en un túnel, junto a la reverberación de los vagones contra sus paredes, los pitidos de la bocina, el soplido de la apertura de puertas. Los trenes tienen su propia música, pero también han influido en la difusión de otros ritmos, además de haber inspirado las letras de compositores y cantantes. El escritor y periodista Miguel López (Chacao, Venezuela, 63 años), que trabajó durante tres décadas en Renfe y fue director de la revista Vía Libre, hace en el libro La música viaja en tren (editorial Sílex) que las vías ferroviarias sean dos líneas más del pentagrama musical.
Hay dos músicas cuya propagación debe mucho al ferrocarril, asegura Miguel López. Son el blues y el flamenco. “Hay un paralelismo entre ambas porque son músicas que estaban confinadas en determinadas áreas geográficas. El blues, en el Delta del Misisipi, y el flamenco, en algunas zonas de Andalucía. El ferrocarril abre una vía que permite salir de ese confinamiento. Cuando llega el tren, tanto al Delta del Misisipi como a Andalucía, propicia un flujo humano, en ambos casos hacia el norte, hacia núcleos industriales, y también salen los artistas, que van creando afición, y así va cristalizando un cierto circuito”, dice López en conversación por videoconferencia. “Y esto ocurre, además, con dos músicas de raíces, dos músicas muy especiales que casi diría que representan la salvaguarda última de la identidad de un pueblo”.






