No se dejen deslumbrar por el glamur de las portadas: tendemos a olvidar que los discos son obras colaborativas, donde todos los participantes tienen su importancia

Conviene alegrarse: en los últimos tiempos abundan los libros sobre el pop nacional. Con algunas carencias: se publica poco sobre su dimensión industrial, aparte de alguna autobiografía en modo autobombo. Así que urge destacar el El oficio de grabar discos (Efe Eme), de

ck-dtm="">César Prieto Álvarez. Subtitulado Conversaciones con Joan Surribas, pone el foco en una figura infravalorada: el técnico de sonido.

Artesano silencioso, el también llamado ingeniero de sonido, articula el diálogo entre productores y creadores en situaciones de alta tensión. Cuando comenzó Surribas, no había ni cursos ni academias: los que se sentaban detrás de la mesa de grabación llegaban por pura serendipia. Nacido en la comarca del Vallés, su primera aproximación activa a la música se produjo durante su servicio militar, cuando le apuntaron a tocar el tambor en una banda de aviación. Cierto que le benefició la geografía: vivía cerca de Andorra, donde acudía a conseguir discos inéditos en España, y al lado de la Costa Brava, lo que suponía —no se sulfure, monseñor— contaminarse con las novedosas formas de vida difundidas por el turismo.