La nostalgia es un buen negocio. Por un lado, la industria reduce los riesgos al apostar por productos ya conocidos que tuvieron éxito en el pasado. Por otro, hay un público predispuesto a consumirlos por razones psicológicas, pero también económicas. De los conciertos por el 30º aniversario del Super 8 de Los Planetas al regreso a los escenarios de Oasis, pese a la enemistad declarada entre Liam y Noel Gallagher. Además, vuelve El Último de la Fila y reaparece Amaia Montero con La Oreja de Van Gogh.PublicidadMás allá de la música, los ejemplos se suceden en el cine, las series, la moda o la literatura, con reediciones de clásicos y novelas que reviven gracias a las adaptaciones televisivas y cinematográficas. Este fenómeno puede trasladarnos en el tiempo a la infancia o la juventud de abuelos, padres, hijos e incluso nietos, porque ya se están haciendo nuevas versiones de obras estrenadas en este siglo. Así, los remakes en imagen real de Lilo & Stitch, Cómo entrenar a tu dragón o Moana acortan cada vez más el ciclo de la nostalgia.Hay canales que explotan lo vintage desde su propio nombre, como VinTV, cuya oferta incluye El coche fantástico, Corrupción en Miami o Las chicas de oro. En clave española, la plataforma FlixOlé despliega su surtido de cine castizo y quinqui, con series añejas como Verano Azul o Curro Jiménez. Luego están las segundas y terceras partes, las secuelas y precuelas, etcétera. Top Gun, Sexo en Nueva York, Twin Peaks... Y las nuevas adaptaciones, claro, de Dune a Mujercitas, de West Side Story a Pinocho."Siempre es menos arriesgado y más rentable apostar por algo que ya ha funcionado en el pasado que por algo nuevo", explica el sociólogo Hans Laguna, quien considera que la industria se aprovecha de que las personas, "por mecanismos psicológicos, tendemos a idealizar la música y nuestra vida cuando teníamos alrededor de 20 años". Y no duda en "sacar tajada", porque "el público al que van dirigidos estos revivals ahora tiene capacidad adquisitiva para poder pagar las entradas". O las ediciones especiales de discos.El autor del ensayo Yo siendo yo (Cuadernos Anagrama) pone como ejemplo a los grupos que tuvieron su mejor momento a finales de los 90 y que, tras su despedida o un parón en su carrera, han recuperado "proyectos que estaban inactivos para rentabilizar la nostalgia" de los espectadores que ahora rondan los 50 y responden al mecanismo psicológico del pico de reminiscencia, o sea, al colmado baúl de los recuerdos de aquellos maravillosos años. Oasis, Blur, Pulp, No Doubt, Blink-182 y tantos otros.Publicidad"Cuando miramos hacia atrás no buscamos únicamente un hecho, buscamos una versión aceptable de nosotros mismos", escribe María Irastorza. Si hubiese una nostalgia fundacional de la revista Jot Down, procede echarle un ojo a este artículo sobre el asunto: "El capitalismo tardío, que tiene muchos defectos pero no el de la torpeza olfativa, descubrió hace tiempo que la memoria afectiva era una materia prima más dócil que el petróleo. Arde mejor y encima la ponemos nosotras"."A los grandes productos nostálgicos les basta con tocar la tecla correcta sin ser excelentes, claro. La nostalgia tolera muy bien la mediocridad porque trabaja con materiales previamente bendecidos por la biografía y parte de su gracia está en defender cosas indefendibles con vehemencia", continúa la autora. "Hay películas de nuestra infancia que, vistas sin anestesia, parecen escritas por un mono triste encerrado en una juguetería"."Da igual. Las queremos porque más que películas son certificados de existencia. Pruebas de que estuvimos allí, sentadas en un sofá concreto, en una casa concreta, con una merienda concreta, antes de que el mundo empezara a pedirnos contraseñas, informes, ecografías, alquileres y opiniones firmes sobre temas que preferiríamos ignorar", concluye Irastorza. Antes, Los Goonies. Ahora, Stranger Things, que con su estética ochentera apela a una generación pero también ha cautivado a críos que no conocieron aquella época.PublicidadEl refugio del pasadoLa estrategia de la industria, pues, parece contar con la demanda del público. Luego hay factores históricos, ligados a la coyuntura contemporánea. "En épocas confusas, la nostalgia es especialmente atractiva a nivel político y cultural, así como un mecanismo muy goloso. Inconscientemente, ante los tiempos hostiles y la falta de horizontes, encontramos refugio en el pasado", reflexiona el sociólogo vasco."Resulta curioso que se pinte la industria musical como algo moderno, cuando su manera de funcionar es muy conservadora, calculando siempre el riesgo de las inversiones que realiza. Por eso considera más rentable apostar por artistas que han tenido éxito en el pasado que por nuevos talentos o por proyectos que generan más incertidumbre", añade Hans Laguna, quien también considera nostálgico "utilizar recursos sonoros de épocas pasadas, lo que refleja la falta de ideas y un presente poco estimulante". O sea, un refrito.Entre tanto remake y nueva adaptación, nos olvidábamos del reboot, o sea, del reinicio de una franquicia, caso de Superman y Supergirl, del Universo DC. Marvel, en cambio, prefiere incorporar a nuevos personajes, mientras que Star Wars explota su imaginería con spin-offs, series y demás. No hay pasado, porque este nunca se acaba, como sostiene Grafton Tanner en el ensayo Porsiemprismo, dado que el foreverism (en inglés) produce nostalgia "de manera artificial para explotarla según los mandatos capitalistas de trabajo y producción ilimitada". Quizás ni haya nostalgia porque mantiene vivo y renueva el pasado.Antes, Simon Reynolds analizaba en el libro Retromanía la obsesión de la industria por el pasado y cómo internet ha convertido la cultura pop en un archivo accesible, de modo que resulte muy fácil recuperar cualquier manifestación artística o musical y, así, reciclar lo que funcionó ayer en vez de lanzar hoy una propuesta diferente. Por ello, Mark Fisher planteaba si hemos perdido la capacidad de imaginar un futuro distinto porque, según el filósofo británico, no cabe duda de que hoy resulta más fácil reinterpretar el pasado que inventar algo nuevo.Una retromanía que roza el absurdo en algunos casos, como cuando las cadenas de moda rápida venden camisetas de grupos musicales a adolescentes que no conocen ni una de sus canciones, sea Nirvana, The Ramones, Guns N' Roses o Pink Floyd. "Me sorprende muchísimo, porque se convierte en algo icónico, pero vacío de significado", concluye Hans Laguna, quien señala a quienes toman las decisiones en el sector de la moda y desliza con ironía: "Quizás tengan unos 50 años y recurren a sus propios referentes".