La nostalgia por los 90 y los primeros 2000 se ha convertido en uno de los grandes imaginarios culturales de nuestros días. Lo estamos observando en el regreso a las cámaras digitales y los iPods, a la moda Y2K —llena de colores vibrantes y tiros bajos— o en la proliferación de vídeos de TikTok que nos enseñan a vivir como si nos encontráramos en el cambio de siglo: hacer crucigramas viendo Las chicas Gilmore, escuchar CDs, decorar diarios en papel y, en definitiva, pasar tiempo lejos del teléfono.
El fenómeno también ha alcanzado el terreno musical. Uno de los ejemplos más claros es el grupo Katseye, cuya estética bebe directamente de los primeros 2000: brillos, referencias al internet primitivo, feminidad Y2K y canciones como Internet Girl, que evocan más la figura de la “chica de internet” de los dosmil que la influencer contemporánea. Paradójicamente, todas las integrantes del grupo nacieron entre 2002 y 2007, por lo que los años que recrean no forman parte de sus recuerdos, sino de un imaginario heredado.
Pero, ¿hasta qué punto este deseo de regresar al pasado es solo una moda estética? ¿Qué tienen de atractivo los 90 y los primeros 2000 para una generación que apenas los vivió? ¿Y qué dice esta nostalgia sobre la forma en que vivimos el presente e imaginamos —o hemos dejado de imaginar— el futuro?










